Errores a la vista: Convertir tropiezos en exitos

REFLEXIONES SOBRE EL ARTE DE LA PSICOTERAPIA Y SUS DESAFÍOS

La psicoterapia, más que una ciencia exacta, es un arte complejo y profundamente humano. Cada sesión constituye un escenario único, donde tanto el terapeuta como el paciente se enfrentan a conflictos, malestares y preguntas que emergen poco a poco, iluminados por el diálogo y la interacción. No existe un guion previo: el terapeuta actúa a la vez como espectador y director, facilitando que el paciente explore con autenticidad sus emociones y encuentre nuevos caminos hacia su bienestar. Vista así, la psicoterapia es, ante todo, una terapia centrada en la persona.

La verdadera creación terapéutica consiste en permitir que cada individuo desempeñe su papel de manera genuina, en imaginar múltiples rutas de solución para cada dificultad y en buscar alternativas ante las resistencias que aparecen durante el proceso. Aquí radica el arte de la psicoterapia: no existen recetas universales ni soluciones estandarizadas. Lo que es útil para un cliente puede resultar irrelevante para otro. Por ello, el terapeuta debe adaptarse y recrearse en cada encuentro.

Hoy, quiero disculparme por no dirigirme del todo a la totalidad de mis lectores. Esta vez escribo especialmente para quienes ejercen la profesión de comprender, acompañar y motivar el cambio. Aun así, procuraré emplear un lenguaje accesible para quienes, sin ser profesionales, desean entender mejor este proceso tan humano.

LO 10 ERRORES MÁS COMUNES EN LA PRACTICA DE PSICOTERAPIA SEGÚN MI EXPERIENCIA

Desde mi empírea he observado diferentes errores que afectan el proceso de rehabilitación del cliente. Resumiré los que, a mi parecer resultan mas relevantes:

1. AFERRARSE RÍGIDAMENTE A UNA SOLA TEORÍA

Uno de los errores más frecuentes entre quienes ejercen la terapia es adherirse estrictamente a una única perspectiva teórica. En mi experiencia, la psicología se enriquece con aportes diversos. Así como quien intenta aprender un idioma nuevo, pero traduce todo desde su lengua natal nunca lo dominará del todo, el terapeuta que se aferra exclusivamente a un solo marco conceptual limita seriamente su capacidad de ayudar.

La ayuda real depende de la sensibilidad para captar el momento único de cada encuentro: la palabra, la postura corporal, la historia, la necesidad urgente o latente. Debemos recordar que cada persona es autora e intérprete de su propia vida; cada una posee su propio yo, su propia experiencia y su propia  historia. Esto significa que, como en cualquier obra literaria puesta en escena, un mismo personaje puede representarse de maneras diferentes, según quién lo encarne. En ese escenario es donde el profesional debe aprender a moverse. Ejemplo: Un terapeuta estrictamente cognitivo-conductual podría no abordar adecuadamente a un paciente que necesita explorar pérdidas afectivas profundas; del mismo modo, un terapeuta solo psicodinámico podría no ser útil para alguien que requiere pautas concretas para reducir ataques de pánico.

2. HACER TERAPIA DESDE UN GUION Y REGLAS PREESTABLECIDAS

A veces me sorprende la abundancia de normas y principios sobre cómo llevar a cabo el proceso psicoterapéutico. El ejemplo de los mandamientos bíblicos podria servir para ilustrar: aunque sean diez, dos bastarían, a mi juicio, para resumirlos: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Si se cumplen esos dos, lo demás fluye.

En psicoterapia ocurre algo similar. Cada escuela propone sus propios principios y reglas, pero la esencia puede resumirse en respetar los «valores éticos básicos profesionales»: receptividad, confidencialidad, respeto por las decisiones del cliente y una genuina voluntad de comprensión y ayuda. Estos valores son el cimiento sobre el cual se construye el bienestar.

3. PERMITIR LA TRANSFERENCIA AFECTIVA

Recordemos el ejemplo del cirujano: ser el mejor del mundo no garantiza que sea la persona adecuada para operar a su propio hijo. Las emociones interfieren en el juicio, distorsionan la percepción y limitan la capacidad de actuar con claridad. Del mismo modo, un terapeuta puede acompañar a un amigo o familiar con presencia, escucha y consejos afectuosos, pero no debe convertirse en su terapeuta formal. Los lazos afectivos, por nobles que sean, nublan la objetividad y dificultan la distancia emocional necesaria para intervenir de manera ética y eficaz.

En consulta es común que surja una relación empática intensa —la llamada transferencia afectiva—, donde el cliente puede proyectar en el terapeuta emociones, expectativas o necesidades profundas. Esta dinámica es natural y, en muchos casos, parte del proceso terapéutico. Sin embargo, el profesional debe vigilar que la emoción no opaque la razón, sostener los límites con firmeza y evitar que el corazón domine la mente. Solo así se garantiza un acompañamiento seguro, equilibrado y verdaderamente orientado al bienestar del cliente.

4. EVITAR EL INTERCAMBIO DE EXPERIENCIAS

Compartir experiencias personales no contradice la prudencia frente a la transferencia emocional; más bien, cuando se utiliza con intención clara y en la medida justa, puede convertirse en una herramienta terapéutica de gran valor. Este tipo de intercambio permite que el cliente perciba al terapeuta no solo como un profesional, sino también como un ser humano con vivencias, temores y aprendizajes propios. Esa cercanía favorece que el paciente se sienta acompañado, comprendido y menos aislado en su dolor. Ya en su tiempo, Sigmund Freud se percató de que las interpretaciones del analista compartidas en su consulta llevaban a la cura.

Además, un relato breve y pertinente puede ofrecer un modelo de afrontamiento sin imponerlo, mostrando que es posible transitar momentos difíciles y salir fortalecido. El objetivo no es desplazar la atención hacia el terapeuta, sino crear un puente emocional que facilite la apertura del cliente. Por ejemplo: contar de manera sencilla cómo uno manejó una etapa de ansiedad puede servir para que el paciente se sienta más cómodo describiendo su propia experiencia. Esto le permite explorar alternativas, identificar recursos internos y reconocer que su proceso, aunque único, también es profundamente humano. No obstante, a veces, hay que ser cuidadoso para evitar que el cliente tome la posición del terapeuta sin una intención consciente.

5. CREAR DISTANCIA, A VECES INCONSCIENTES, ENTRE TERAPEUTA Y EL CLIENTE

Es frecuente que, a veces sin darse cuenta, algunos terapeutas establezcan ciertas distancias con sus pacientes. Esto puede observarse en detalles aparentemente menores: una vestimenta demasiado formal, el uso constante de laptops u otros dispositivos, la toma incesante de notas, las miradas repetidas al reloj o incluso la interrupción abrupta de la sesión apenas el tiempo programado se agota. Aunque muchas de estas conductas forman parte de la dinámica profesional, también pueden levantar barreras psicológicas que dificultan la conexión y hacen que el paciente pierda la confianza justo cuando necesita expresar temas personales y delicados.

Vivimos en tiempos modernos, muy distintos a los hábitos y rituales clásicos de la psicoterapia, cuando el proceso estaba marcado por una formalidad rígida y cierta distancia emocional considerada necesaria. Hoy entendemos que esa separación excesiva puede ser contraproducente, pues las personas buscan un espacio más humano, cercano y auténtico. Por ello, es fundamental que el terapeuta se acerque al cliente con una empatía genuina, mostrándose accesible y presente. De este modo, la persona percibe que se encuentra en un espacio seguro para abrir su mundo interno, compartir asuntos íntimos y delicados y, sobre todo, sentir que realmente está siendo atendida.

6. ESTABLECER BARRERAS FÍSICAS CON EL CLIENTE

La disposición física es esencial. Freud empleaba el diván para favorecer la libre asociación sin sentirse observado. Jung prefería la conversación frente a frente, pero sin obstáculos. Hoy muchos optan por sillas y sillones cómodos. El punto común es evitar barreras que dificulten la comunicación.

Sin embargo, sigue siendo frecuente ver consultas donde un escritorio separa al terapeuta del cliente. Según la teoría del campo motivacional de Kurt Lewin y sus seguidores, los obstáculos físicos y psicológicos dificultan alcanzar metas y satisfacer necesidades del individuo. Convertir la sesión en una gestión burocrática rompe el equilibrio comunicativo necesario. Lo ideal es un espacio abierto y accesible, que invite al diálogo.

7. USAR UN LENGUAJE DIFERENTE AL DEL CLIENTE

Uno de los errores más comunes en el ejercicio terapéutico es emplear un lenguaje que no coincide con el del cliente. No se trata únicamente de dominar términos técnicos o hablar con precisión científica; la verdadera habilidad está en traducir ese conocimiento a un registro accesible y cercano. Cada paciente llega con un bagaje lingüístico, cultural y cotidiano propio, y el terapeuta debe ser capaz de adaptarse a ese marco para que la comunicación sea realmente efectiva.

Cuando el profesional recurre a palabras rebuscadas, conceptos abstractos o explicaciones demasiado académicas, corre el riesgo de crear una brecha emocional y cognitiva. Esto no solo dificulta la comprensión del mensaje, sino que también puede afectar el vínculo de confianza, haciendo que el cliente se sienta inseguro, confundido o incluso juzgado. Por ello, es indispensable expresarse con sencillez, respeto y cercanía. Utilizar ejemplos familiares, verificar que el mensaje ha sido comprendido y ajustar el discurso cuando sea necesario, fortalece la relación terapéutica y facilita el proceso de reflexión del paciente. Por ejemplo: En lugar de explicar “distorsiones cognitivas”, puede ser más útil decir:  “A veces interpretamos las cosas peor de lo que son, como si lleváramos un lente que exagera lo negativo”. Este tipo de adaptación no simplifica el contenido, sino que lo vuelve verdaderamente útil para la persona que lo recibe.

8. OMITIR  REFERENCIAS A LAS EXPERIENCIA Y CULTURA DEL CLIENTE

Una terapia que prescinde del sentido común, de las anécdotas cotidianas, de los refranes o de la sabiduría popular termina por sentirse fría, distante y, en muchos casos, poco efectiva. La cultura, los relatos familiares y las enseñanzas heredadas no son simples adornos de la vida del paciente: constituyen un repertorio emocional y simbólico que puede aliviar, orientar y motivar cambios significativos. Ignorar estos elementos es, en cierto modo, ignorar una parte esencial de la identidad del cliente.

Del mismo modo, la literatura —con sus metáforas, imágenes y relatos universales— ofrece puentes que facilitan la comprensión de procesos internos. A través de historias conocidas o figuras simbólicas, el paciente puede conectar con su propia experiencia, resignificar vivencias pasadas y descubrir herramientas internas para afrontar sus dificultades.

Incluir estos elementos en el espacio terapéutico humaniza la sesión, la hace más cercana y enriquece el proceso de acompañamiento, permitiendo que la intervención tenga un impacto más profundo y auténtico.

9. ENFOCARSE SOLO «EN EL PROBLEMA» Y OBVIAR EL POTENCIAL EDUCATIVO DE LA TERAPIA

A veces, algunos profesionales reducen la psicoterapia a resolver únicamente el síntoma o el conflicto inmediato que trae el paciente. Aunque este tipo de intervención puede ser útil en momentos puntuales —como manejar una crisis de ansiedad o resolver una situación urgente—, resulta insuficiente cuando se busca un cambio profundo y sostenido. Convertir la terapia en una especie de “consulta técnica” deja al paciente en un rol pasivo, recibiendo soluciones momentáneas sin desarrollar comprensión personal, habilidades emocionales o herramientas internas que le permitan afrontar situaciones futuras.

En cambio, cuando el terapeuta incorpora la dimensión educativa, la terapia se transforma en un proceso de crecimiento integral. El paciente aprende a identificar patrones, reconocer señales emocionales, fortalecer su autonomía y confiar en sus propios recursos. Ejemplo: Una paciente que llega repetidamente por conflictos de pareja puede encontrar alivio si se atiende cada problema de manera aislada; sin embargo, explorar su miedo al abandono, su dificultad para poner límites o su tendencia a idealizar al otro genera cambios reales que impactan no solo su relación actual, sino todas sus relaciones futuras. Cuando la terapia enseña, el problema deja de ser un obstáculo y se convierte en un punto de partida para el crecimiento personal.

10. REPRIMIR, IGNORAR, O INTERRUMPIR LA NARRATIVA DEL CLIENTE

Interrumpir, minimizar o desviar la narrativa del paciente es un error frecuente que afecta directamente la esencia del proceso terapéutico. La narrativa es la vía mediante la cual la persona organiza su mundo interno y otorga significado a lo que vive. Cortarla con juicios, descalificaciones o cambios bruscos de tema puede hacer que el paciente se sienta desvalorizado, incomprendido o incluso culpable por expresar lo que siente, debilitando el vínculo terapéutico y frenando la profundización emocional.

Compartir una experiencia dolorosa requiere vulnerabilidad y esfuerzo emocional; por ello, interrumpir ese flujo puede reactivar heridas previas de haber sido ignorado o invalidado. Esto no implica que el terapeuta deba guardar silencio, sino que debe intervenir con sensibilidad, en el momento oportuno y sin apropiarse del relato del paciente. Ilustremos: Si un cliente empieza a hablar de la muerte de un ser querido y el terapeuta dice: “Mejor hablemos de su trabajo”, el mensaje implícito es que su dolor no importa o que no tiene espacio en la sesión. En contraste, una respuesta empática como “Sé que es difícil hablar de esto, tómese su tiempo” abre la puerta a la elaboración y al alivio emocional. Respetar la narrativa del cliente es respetar su acceso a la sanación. He de recordar que “la narrativa del cliente no es un simple relato: es un puente hacia su mundo interno. Interrumpirla es cortar ese puente; respetarla es permitir el paso hacia la sanación”.

CONCLUSIÓN

En síntesis, el manejo de los errores terapéuticos requiere atención cuidadosa. Es fundamental reconocerlos, analizarlos y aprender de ellos, evitando ocultarlos o repetir conductas inadecuadas. Actuar con transparencia convierte los tropiezos en oportunidades de crecimiento, mientras que ignorarlos puede obstaculizar el desarrollo y la toma de decisiones acertadas en el futuro. Las diferentes concepciones teóricas bien aprendidas y comprendidas ayudan al psicólogo a elaborar abordajes alternativos que logran expandir el proceso terapéutico.  También, aportan intervenciones variadas, pero no menos efectivas de las indicadas por una única teoría.

Al final, «cada terapeuta decide qué camino debe seguir».

Roberto Cura MS
Roberto Cura MS
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