ESTRÉS REAL, ESTRÉS IMAGINARIO Y EL CAMINO PARA RECUPERAR EL EQUILIBRIO
El miedo y la ansiedad son reacciones naturales que nos ayudan a protegernos. Nuestro cerebro se activa cuando percibe un peligro, y eso nos prepara para reaccionar. Sin embargo, no todas las amenazas son iguales ni las sentimos de la misma manera. Es importante distinguir entre el estrés causado por situaciones reales y el que aparece por preocupaciones o peligros imaginarios. Comprender esta diferencia permite intervenir de manera más precisa y eficaz en el tratamiento del miedo y la ansiedad.
DEL ESTRÉS COTIDIANO AL SISTEMA DE ALARMA CRÓNICAMENTE ACTIVADO
El estrés real ocurre cuando hay una situación concreta que nos exige reaccionar, como un accidente, una pérdida, una enfermedad o un problema en el trabajo. En estos casos, nuestro cuerpo se pone en alerta porque es necesario y nos ayuda a actuar rápido y con energía. Ello se debe a que “La amígdala” (estructura subcortical en forma de almendra situada en la parte interna del lóbulo temporal medial), detecta el peligro y libera sustancias como la adrenalina y el cortisol.
El problema aparece cuando esta reacción sigue activa, aunque el peligro ya haya pasado, o cuando el cuerpo responde igual ante peligros que solo existen en nuestra mente.

El estrés imaginario surge cuando no hay un peligro presente, sino que nos preocupamos por lo que podría pasar en el futuro. Es lo que ocurre con la ansiedad. Nuestra mente crea escenarios negativos y el cuerpo reacciona como si fueran reales.
Desde la neuropsicología, en estos casos la amígdala se activa, aunque no haya una amenaza clara, mientras que la corteza prefrontal, que es la que nos ayuda a analizar la realidad, no consigue calmar esa respuesta. Por ejemplo: Hace unos años atendí a María Zúñiga, una mujer de 46 años que vivía preocupada y con ansiedad todo el tiempo. No tenía problemas graves, pero se imaginaba constantemente que podía perder algo, enfermarse o fracasar. Aunque sabía que “no estaba pasando nada”, su cuerpo reaccionaba como si estuviera en peligro.
ANSIEDAD: CUANDO EL ESTRÉS ES ANTICIPADO
La ansiedad es una reacción de psicológica ante peligros imaginarios. El organismo no distingue si el peligro es real o pensado: ante ambos, libera cortisol y adrenalina. Por eso, la persona ansiosa experimenta síntomas físicos reales frente a amenazas que solo existen en el plano mental.

Cuando este patrón se repite, el sistema nervioso aprende a mantenerse en alerta permanente. El cortisol elevado de forma crónica afecta el sueño, la memoria, la concentración y la regulación emocional, favoreciendo un estado de hipervigilancia constante. Hay personas que, de modo metafórico, llegan a “intoxicarse de cortisol”
TEMOR, MIEDO Y PÁNICO: DISTINTOS GRADOS DE RESPUESTA AL ESTRÉS
Veamos ahora las diferencias entre algunas de las respuestas más comunes que se dan al estrés:
El temor aparece ante una situación de estrés real y puntual, y suele desaparecer cuando la situación pasa. El miedo implica una activación más intensa del sistema de alarma, ya sea frente a una amenaza real o imaginaria, y puede comenzar a condicionar la conducta. Los ataques de pánico representan la forma más extrema de esta respuesta. En ellos, el cuerpo reacciona como si enfrentara un peligro vital inmediato, aunque no exista tal amenaza en el entorno. La situación de estrés es completamente imaginaria, pero la respuesta fisiológica es absolutamente real. El pánico es una reacción de ansiedad desproporcionada a una situación imaginaria de estrés. Veamos un ejemplo: Carlos Pérez, fue un cliente joven (31 años), quien sufría de ataques de pánico en el supermercado. No había peligro objetivo alguno, pero su cuerpo reaccionaba con palpitaciones y sensación de ahogo. El miedo a que el episodio se repita lo lleva a evitar salir solo.
EL IMPACTO DEL ESTRÉS IMAGINARIO SOSTENIDO EN EL CEREBRO
Cuando el estrés imaginario se mantiene en el tiempo, el cerebro pierde capacidad para discriminar entre seguridad y amenaza. El hipocampo (un área del cerebro medio) se ve afectado por el exceso de cortisol, dificultando el aprendizaje emocional. La persona comienza a demostrar y generalizar el miedo: “si pasó una vez, puede pasar en cualquier momento”. Esto explica por qué en las personas la evitación se expande y el mundo se les vuelve cada vez más pequeño.
DIFERENCIAR, REGULAR Y REENTRENAR EL SISTEMA DE ALARMA
Uno de los objetivos centrales de la psicoterapia es ayudar a diferenciar entre peligro real y peligro imaginado. Esta discriminación no se logra solo con razonamientos, sino mediante un trabajo progresivo que involucra cuerpo, mente y emoción.
A nivel corporal, las técnicas de respiración y relajación reducen la activación del sistema nervioso simpático y la liberación de cortisol. A nivel del conocimiento, se trabaja sobre las interpretaciones catastrofistas que convierten pensamientos en amenazas. A nivel conductual, el afrontamiento gradual permite que el cerebro aprenda, por experiencia directa, que la situación temida no representa un peligro real. Laura Vázquez, mujer de 32 años, evitaba conducir por miedo a perder el control. En terapia aprendió a diferenciar la sensación corporal de ansiedad de una amenaza real. A través de la exposición gradual a la situación, su sistema de alarma se fue regulando hasta que consiguió reentrenar su sistema de alarma y, como resultado, conducir como cualquiera otra persona.
En algunos casos, el tratamiento psicoterapéutico puede complementarse con el tratamiento médico mediante medicación que modula neurotransmisores como la serotonina, facilitando la estabilidad necesaria para el proceso terapéutico.
EL VALOR DEL VINCULO TERAPÉUTICO
Más allá de las técnicas, la psicoterapia ofrece un espacio donde el miedo puede ser comprendido y resignificado. El vínculo terapéutico ayuda a restablecer la confianza en el propio cuerpo y en las propias emociones. A través de nuevas experiencias relacionales y emocionales, el cerebro aprende que no toda activación es peligrosa.
CONCLUSIÓN
El miedo y la ansiedad no surgen solo de lo que ocurre, sino de cómo el cerebro interpreta y anticipa la realidad. Diferenciar entre situaciones de estrés real y situaciones de estrés imaginaria permite comprender por qué el cuerpo puede reaccionar con tanta intensidad aun en contextos seguros. La psicoterapia ofrece un camino eficaz para regular el sistema de alarma, recuperar la capacidad de discriminación y vivir con mayor libertad emocional.





