Cuando la vulgaridad dejó de sorprendernos

LO QUE NUESTRAS PALABRAS REVELAN SOBRE NOSOTROS Y NUESTRA MANERA DE RELACIONARNOS

“Las palabras no solo comunican: también acercan, hieren y revelan quiénes somos”

Autor: Roberto Cura, MS

Algunos amigos me pidieron que retomara un borrador que escribí hace tiempo sobre ciertas expresiones que, después de permanecer durante años en espacios considerados marginales, parecen haber salido definitivamente del clóset». Hoy circulan con naturalidad por las calles, las reuniones familiares, los medios de comunicación y las redes sociales.

Regreso al tema desde mi experiencia como cubano y desde el afecto que siento por una cultura que ha hecho del lenguaje una fuente inagotable de humor e ingenio. Sin embargo, los años vividos fuera de Cuba me permitieron comprender que esta transformación forma parte de un fenómeno mucho más amplio.

Cada pueblo posee sus regionalismos, sus palabras malsonantes y sus maneras de expresar enojo, frustración o sorpresa. Cambian las palabras y los acentos, pero se repite una tendencia: expresiones antes reservadas para determinados momentos y lugares han pasado al lenguaje cotidiano.

No hablo desde una posición puritana. No me identifico con quienes se escandalizan ante cualquier palabra alejada de las formalidades, pero tampoco con quienes convierten la obscenidad en una forma de disfrute verbal, como si la rudeza demostrara espontaneidad o fortaleza. Entre ambos extremos existe un amplio espacio para hablar con naturalidad, humor y libertad sin convertir cada conversación en una exhibición de palabras ofensivas.

Hoy, como decimos los cubanos, amanecí con deseos de complacer a los amigos y de dar un pequeño “teque” sobre este asunto.

AQUELLA CROQUETA CON PAN

Hace más de treinta años, cuando todavía vivía en Cuba, entré a un «merendero»(cafeteria) para aliviar un inoportuno vacío estomacal. Después de leer la famélica lista de productos disponibles, decidí pedir la histórica, infaltable e invencible “croqueta con pan”.

Al primer mordisco, de mi boca brotó una exclamación abrupta:

¡Esto sabe a mierda!

La empleada me miró con una seriedad casi institucional. Primero pareció defender el carácter patriótico de aquella croqueta. Después me amonestó porque, según ella, el calificativo utilizado para describir aquel amasijo cilíndrico de harina, mezclado con alguna sustancia imposible de identificar, revelaba en mí una lamentable «conducta pequeñoburguesa».

Lo que más laceró mi corteza cerebral frontal no fue la supuesta desviación ideológica que creyó descubrir en mi reacción. Fue comprobar que aquella mujer parecía estar más ofendida por la palabra que había salido de mi boca que por el producto que había salido de la cocina.

Con el tiempo comprendí que aquella escena encerraba una pregunta más compleja: ¿puede una palabra ser vulgar y, al mismo tiempo, expresar con exactitud lo que sentimos? Probablemente sí. Mi exclamación no describía literalmente la croqueta; condensaba asco, frustración, sorpresa y decepción. Tal vez no fue elegante, pero resultó emocionalmente precisa.

Esto no significa que cualquier expresión sea apropiada en cualquier lugar. Significa que las palabras no viven aisladas: dependen de la intención, el contexto y las personas que las escuchan.

SIGNIFICADO Y SENTIDO: LAS PALABRAS DEPENDEN DEL CONTEXTO

Las palabras poseen significados compartidos, pero conocer su definición no siempre basta para comprender lo que alguien quiso comunicar. Una misma expresión puede ser una broma entre amigos, una descarga emocional o una agresión. Todo depende del tono de voz, los gestos, la relación entre las personas y las circunstancias.

El significado nos indica lo que una palabra quiere decir de manera relativamente estable. El sentido revela lo que comunica en una situación concreta: si informa, halaga, ridiculiza, amenaza, expresa afecto o pretende herir. Por ejemplo, “perro” denota un animal doméstico; aplicado a una persona, puede expresar desprecio, admiración, complicidad o afecto, según el país, el tono y la relación.

También podemos decir a quien llega tarde: “¡Qué puntual eres!”. Las circunstancias convierten la frase en ironía y comunican lo contrario de su significado literal.

Por eso, hablar el mismo idioma no significa compartir idénticos códigos culturales. Una expresión de confianza entre amigos puede parecer irrespetuosa ante un desconocido. A veces no reaccionamos ante lo que alguien dijo, sino ante lo que interpretamos que quiso decir. Para valorar una expresión debemos considerar quién la pronuncia, a quién se dirige, con qué intención y qué efecto puede producir.

LOS DICCIONARIOS REGISTRAN; NO ABSUELVEN NI CONDENAN

A veces se afirma que una palabra ha sido “aceptada” por la Real Academia de la Lengua, como si aparecer en un diccionario le concediera una certificación de elegancia o respetabilidad. Pero su inclusión solo significa que el uso está documentado; no que se recomiende emplearla ni que resulte apropiada en cualquier contexto.

Los diccionarios no son tribunales. Registran las expresiones de una comunidad e indican si son regionales, coloquiales, vulgares, despectivas u ofensivas. Documentar una obscenidad no equivale a dignificarla. El idioma pertenece a quienes lo hablan, y las instituciones lingüísticas organizan una realidad que ya existe.

SER CUBANOS TAMBIÉN ES UNA MANERA DE HABLAR

Siempre he considerado a los cubanos —entre quienes orgullosamente me incluyo— un pueblo expresivo, ocurrente y creativo. En mis recuerdos era frecuente encontrar, incluso en hogares humildes, títulos universitarios en las paredes, libreros repletos y conversaciones donde se mezclaban la historia, la literatura, el humor y los problemas cotidianos.

La afirmación martiana «Ser culto es el único modo de ser libre» llegó a incorporarse profundamente a nuestra identidad. También existían ciertos límites. Si alguien pronunciaba una obscenidad en presencia de niños, personas mayores o desconocidos, no era raro escuchar: “¡No hables tan sucio!” o «¡Lávate la boca, antes de hablar!». Aquella reacción no siempre respondía al puritanismo; expresaba la idea de que hablar libremente no significaba ignorar a quienes estaban presentes.

Fue al vivir en Miami, donde confluyen inmigrantes de múltiples países, cuando contemplé nuestra manera de hablar desde otra perspectiva. Comprendí que expresiones que los cubanos considerábamos naturales podían resultar agresivas para otros, y que la vulgaridad, aunque adopte palabras y acentos diferentes, está presente en casi todas las culturas.

La pregunta dejó entonces de ser exclusivamente cubana: ¿cómo distinguir la identidad lingüística de un pueblo de aquello que, bajo la apariencia de autenticidad, termina empobreciendo la comunicación y afectando la convivencia?

REGIONALISMO, LENGUAJE POPULAR Y VULGARIDAD

No deberíamos colocar todas las expresiones populares dentro de una misma categoría. Palabras cubanas como “asere” y “ambia” pueden expresar cercanía, pertenencia e identidad cultural. Que hayan surgido o se hayan extendido en sectores populares no las convierte automáticamente en vulgares.

El lenguaje coloquial tampoco implica falta de educación. Una persona puede hablar de manera sencilla y espontánea conservando el respeto, la claridad y la riqueza de sus ideas.

La vulgaridad no reside únicamente en determinadas palabras, sino en el uso que hacemos de ellas cuando invaden innecesariamente los espacios, degradan a otros, reducen la comunicación al insulto o ignoran la sensibilidad de quienes escuchan. No toda expresión popular es vulgar, como tampoco toda expresión académica es inteligente o respetuosa. Se puede humillar con palabras aceptadas por el diccionario y expresar solidaridad con el lenguaje más sencillo del mundo.

¿POR QUÉ LA VULGARIDAD PUEDE RESULTAR ATRACTIVA?

Las palabras obscenas no siempre aparecen por falta de vocabulario. Pueden descargar frustración, intensificar una emoción, provocar risa, desafiar la autoridad o demostrar pertenencia a un grupo.

Para algunas personas, hablar de manera vulgar funciona como credencial de autenticidad: quien utiliza palabras fuertes parece más sincero o atrevido; quien se expresa con moderación puede ser visto como anticuado o demasiado formal.

También influye la repetición. Cuando escuchamos constantemente una expresión, nuestra sensibilidad disminuye. Lo que antes nos ofendía comienza a parecernos normal y terminamos repitiéndolo sin pensar en su efecto. La palabra deja entonces de ser una elección consciente y se transforma en respuesta automática.

LAS REDES SOCIALES Y LA DESAPARICIÓN DE LOS LÍMITES

Las redes sociales mezclaron lo íntimo con lo público, la conversación familiar con el espectáculo y la confidencia con la provocación. Alguien puede hablar desde su casa y ser escuchado por miles de desconocidos de distintas edades, culturas y sensibilidades.

En esos espacios, lo estridente suele alcanzar mayor visibilidad. El insulto atrae atención, la provocación genera reacciones y la obscenidad puede convertirse en una estrategia para conseguir seguidores.

La repetición produce una peligrosa ilusión: si todos lo dicen, debe ser normal; y si es normal, debe ser aceptable. Sin embargo, una conducta puede ser frecuente y continuar siendo ofensiva, empobrecedora o innecesaria.

LA VULGARIDAD NO NOS HACE MÁS FUERTES

Existe la idea de que hablar con crudeza demuestra carácter. Sin embargo, la fuerza de un argumento no depende del volumen con que se pronuncie ni de la cantidad de obscenidades que lo acompañen.

Una palabra vulgar puede intensificar momentáneamente una expresión, pero, cuando se utiliza de forma constante, pierde incluso su capacidad para sorprender. Termina convertida en una muletilla que ocupa el lugar de emociones y pensamientos que no llegamos a expresar con precisión.

Decir que algo nos molesta no es lo mismo que explicar por qué nos indigna, decepciona, hiere o hace sentir impotentes. Cuando empleamos una misma palabrota para comunicar todas esas experiencias, no solo empobrecemos el lenguaje: también reducimos nuestra capacidad para reconocer y expresar lo que sentimos.

Enriquecer el vocabulario no es únicamente un ejercicio académico. Cuantas más palabras poseemos para nombrar nuestras emociones, mayores posibilidades tenemos de comprenderlas y comunicarlas sin convertirlas inmediatamente en agresiones.

REFLEXIONES DESDE CAMINOS DEL BIENESTAR

Cuidar el lenguaje no significa hablar con solemnidad ni renunciar al humor, los regionalismos, la espontaneidad o la picardía de nuestros pueblos.

La libertad de expresión no elimina nuestra responsabilidad sobre el efecto de las palabras. La intención de quien habla importa, pero también la experiencia de quien escucha. Podemos expresarnos con firmeza, defender nuestras ideas y manifestar nuestras emociones sin degradar a los demás.

Desde Caminos del Bienestar, la invitación no es a juzgar el vocabulario ajeno, sino a observar con mayor conciencia el nuestro. Cuidar nuestras palabras no limita nuestra libertad: también puede ser una manera de cuidar nuestras relaciones y de acercarnos a la persona que deseamos ser.

Tal vez el verdadero problema no sea que ciertas expresiones hayan salido del clóset. Comienza cuando ocupan todo el espacio y desplazan formas más precisas, creativas y respetuosas de comunicar lo que pensamos y sentimos.

Y tú, cuando hablas, ¿eliges conscientemente tus palabras o permites que la costumbre, el ambiente y el enojo las elijan por ti?

Roberto Cura, MS

Roberto Cura MS
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5 comentarios

  1. Desde la niñez mi banco de palabras se fue formando con la voz de mis padres, maestros y lecturas. Cada término que aprendí lo.use correctamente según la ocasión.
    El lenguaje no es absoluto: cambia según el entorno, el grupo y la intención. Lo que hoy llamamos obsceno puede ser, en ciertos espacios, motivación o desahogo. Una persona educada puede usar palabras fuertes sin perder su esencia, porque sabe cuándo y cómo hacerlo. El reguetón lo muestra: allí la sexualidad se nombra con crudeza, pero no como ofensa, sino como estética compartida con su público. En otros ámbitos, esas mismas voces saben expresarse con ternura y belleza.
    En internet, incluso, las ofensas no siempre nacen de las palabras más duras, sino de las más simples, dichas con tono hiriente. Y en la política, los adjetivos se multiplican porque la realidad desborda cualquier definición.
    Según mi mirada,, lo obsceno no es absoluto: es relativo, depende del momento, del entorno y de la intención. A veces las circunstancias nos dominan y el vocabulario se desborda, porque nuestro lenguaje amable no alcanza para descifrar lo que acontece.
    Y no es se inventen palabras ,cada una tiene más de una acepción,el asunto ,está en el clima donde estemos.

    Gracias Robe

    • Rosal: Gracias a ti por esta reflexión tan completa. Coincido en que el contexto, la intención y el entorno pueden modificar profundamente el significado y el impacto de una palabra. Una misma expresión puede ser agresiva en determinadas circunstancias y funcionar como desahogo, complicidad o incluso recurso artístico en otras.
      Precisamente ahí está uno de los puntos que más me interesa debatir: ¿dónde termina la evolución natural y contextual del lenguaje y dónde comienza la normalización de la vulgaridad? Quizás el problema no esté solamente en las palabras que utilizamos, sino también en que vayamos perdiendo la capacidad de distinguir cuándo, dónde y para qué las utilizamos. Tu comentario aporta una perspectiva diferente y muy valiosa a esta conversación. Gracias, como siempre, por leer, reflexionar y enriquecer el debate.

  2. Una persona puede hablar de manera sencilla y espontánea conservando el respeto, la claridad y la riqueza de sus ideas.
    Pienso en cuanto a esas palabras suyas que no fue la forma adecuada al referirse al producto que ella le oferto ,si que el cubano tiene su forma de expresarse en ocasiones y hasta hoy vulgar con palabras que empobrecen nuestro idioma , para mí las formas de dirigirse a una persona que aprecies y con los años lo sientas ,mi hermano o amigo , pienso que hay palabras muy fuera de lugar y aveces son tan desagradable y no van con la educación de la persona , no creo en toda mi vida escuchar en mi casa ni en mis padres que se refieran así a otras personas ,en mi opinión personal son desfachatez al referirse creo en persona educadas , para demostrar afecto a un amigo o familia lo primero es el respeto y tú forma de compórtate ante la sociedad…mis saludos..

    • Gladys: Muchas gracias por compartir su opinión con tanta claridad y respeto. Coincido con usted en algo esencial: la sencillez y la espontaneidad no están reñidas con la educación, y el respeto hacia los demás debe ser siempre un referente en nuestra manera de comunicarnos. Precisamente, la anécdota de la croqueta intenta provocar esa reflexión. Mi expresión de aquel momento puede considerarse vulgar —y comprendo perfectamente que para muchas personas resulte inapropiada—, pero la pregunta que me interesaba plantear iba un poco más allá: ¿la vulgaridad está solamente en la palabra que utilizamos o también intervienen el contexto, la intención, la época y la sensibilidad de quien la escucha? También comparto que existen expresiones que, cuando se convierten en hábito, pueden empobrecer nuestra manera de comunicarnos. Pero quizás ahí está lo interesante del debate: no todos colocamos la frontera de lo vulgar en el mismo lugar. Gracias nuevamente por enriquecer la reflexión con una opinión diferente. Justamente ese intercambio respetuoso es uno de los propósitos de Caminos del Bienestar. Un saludo afectuoso.

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