UN TRIBUTO DE GRATITUD Y OPORTUNIDAD DE EXISTIR
Hubo un tiempo en que llegué a pensar que era un ser “privilegiado” por el destino (Facebook, 02-02-22). Entonces escribí: “No, no estoy loco, ni tampoco soy un fanático creyente. Solo soy alguien que piensa y que, a veces, se asombra de lo que le sucede y, por ello, agradece”. La mayoría de quienes llegan a este mundo terrenal dispone de una sola oportunidad para vivir. Yo, en cambio, habiendo atravesado desde la infancia diversos accidentes, vencido al COVID-19 y soportado varias intervenciones quirúrgicas, he tenido el privilegio de renacer en dos ocasiones, siempre en circunstancias en las que parecía que solo el “milagro divino” podía intervenir. Sin embargo, durante la pandemia, millones de personas agotaron de un día para otro sus “boletos de ida y vuelta”.
Hoy, al volver la mirada hacia atrás, me repito: “Vivir, en su esencia más pura, es un acto de asombro continuo”. El destino, caprichoso y misterioso, nos coloca en el umbral de la existencia con una sola entrada garantizada. Pero, a veces, concede el insólito privilegio de regresar, de volver a respirar, cuando todo parece perdido. No se trata de fanatismo ni de locura, ni hablo de reencarnación: hablo de una aceptación lúcida y agradecida ante la secuencia imprevisible de los acontecimientos que nos moldean.
La mayoría, con su único boleto de vida, cruza el mundo sin conocer el vértigo de una segunda oportunidad. Pero algunos, entre los que me incluyo yo, con humildad y asombro, hemos caminado por senderos escarpados: accidentes, enfermedades, cirugías, pandemias… Y tras cada caída, el milagro silencioso de volver, de abrir los ojos en la orilla de la vida, cuando tantos otros han partido sin despedirse.
El aniversario de ese “último nacimiento”, sellado por una fecha que ya forma parte del alma, se transforma en un símbolo de resistencia y gratitud. En el cruce entre la ciencia y el misterio, en el borde tenue entre la luz y la sombra, uno se pregunta por qué —acaso por bondad, acaso por destino, o tal vez por el simple capricho del azar— la puerta de la dimensión espiritual permanece cerrada, y la vida, generosa, nos ofrece una nueva página en blanco por escribir.
¿Será que, en el gran escenario de la existencia, figuras como San Pedro o incluso Lucifer custodian el tránsito de las almas, otorgando prórrogas a quienes aún tienen cuentas por saldar? Tal vez, como sugiere la ironía divina, sea una oportunidad para purgar los errores, arrepentirse… o simplemente continuar siendo pecadores incurables, aferrados al privilegio —y al misterio— de seguir vivos.
No todas las personas tienen el privilegio de sumar vidas a la vida. Hay quienes parten temprano, sin despedidas, y otros que desaparecen en el silencio de la rutina. Por eso, la moraleja se dibuja clara: vivir intensamente, saborear cada instante, buscar la plenitud en los pequeños placeres y, sobre todo, practicar la solidaridad ante las desgracias ajenas.Porque “el verdadero misterio reside en no saber cuántas veces el destino nos permitirá regresar, ni cuándo llegará el viaje definitivo”.
El tiempo, a fin de cuentas, es un regalo envuelto en incertidumbre. Cada día puede ser el último, cada oportunidad, un milagro discreto. Así, la vida “se transforma en un ejercicio de gratitud y presencia, en el arte de hacer de los días ordinarios momentos extraordinarios, y en la promesa de que, mientras el destino lo permita, seguiremos eligiendo vivir”. Contrario al sentido común, el día en que te vaya no será “lo bueno que viviste” sino el lamento de lo que no hiciste; el no haber no aprovechado “el tour de la vida”.
Vive intensamente cada día. Rompe los prejuicios que te encadenan y permite que tu ser florezca sin temor. Sé quién verdaderamente eres, sin rendirte al juicio del mundo. No te castigues por culpas ajenas, ni ofrezcas disculpas donde no hay deuda. Ama con libertad lo que tu alma elija amar, porque el amor, cuando es auténtico, es la forma más pura de existir. Y recuerda: algún día llegará el viaje definitivo, cuando debas usar el último boleto. Entonces comprenderás que lo no vivido, lo no sentido, será el único equipaje que llevarás.






A veces la introspección se convierte en un refugio tan cómodo
que sin darme cuenta lo transformo en una especie de laboratorio donde me observo sin vivir.
He mirado tanto hacia dentro que ahora no sé muy bien cómo salir,
cómo volver a la vida sin perder la conciencia que gané ahí adentro.
¿Será que esta segunda introspección —mirar mi propia mirada—
es también una forma de defensa?
¿O es el paso natural cuando uno intenta sanar demasiado?
Querida amiga:
Tu mensaje refleja un proceso muy valiente: reconocer que el viaje hacia dentro, aunque necesario y sanador, también tiene su punto de retorno. Has hecho un trabajo de conciencia muy valioso; sin embargo, como bien expresas, llega un momento en que el alma pide movimiento, contacto, experiencia viva. Desde una mirada psicológica, podríamos decir que has recorrido la primera gran etapa del crecimiento interior: la comprensión. Ahora comienza la segunda: la integración. Es el paso de “entender” a “encarnar”. No se trata de dejar atrás la introspección, sino de permitir que lo aprendido encuentre expresión en la vida cotidiana: en los vínculos, en la acción, en la entrega.
Salir del “laboratorio interior” no implica negarlo, sino abrir sus ventanas. Y a veces, esa salida no es un salto, sino una transición suave y consciente: un paseo corto, una conversación sincera, una colaboración sencilla… Cada gesto es un puente entre el mundo interior y el exterior. Pedir ayuda, como lo haces, ya es en sí un acto de apertura. Es una señal de madurez emocional y humildad. La ayuda no siempre llega como una gran solución; a menudo se presenta en presencias pequeñas: una persona que escucha, un proyecto compartido, una oportunidad inesperada. Te invitaría a dar un paso a la vez:
Reconoce lo que ya hiciste. Tu introspección fue un trabajo de amor propio.
Acepta que el movimiento hacia afuera también será imperfecto y que eso está bien.
Elige pequeños espacios donde tu palabra, tu escucha y tu experiencia puedan florecer.
Porque como bien dices: sanar también es volver al mundo. Y ese regreso no tiene que ser ruidoso ni forzado; puede ser suave, pausado y verdadero, como tú.
Leer esto me hace ver la vida desde una diferente perspectiva, es gratificante conocer lo valioso y afortunado que es tener una nueva oportunidad o un día más para vivir.
Gracias. Es gratificante su opinion.
Gracias por su luz.
Sus palabras fueron como una ventana abierta:
dejaron entrar aire nuevo en mi laboratorio interior.
Seguiré respirando despacio, aprendiendo a vivir lo que ya comprendí.
Me hizo pensar mucho sobre lo valiosa que es la vida y cómo a veces no nos damos cuenta hasta que pasamos por algo difícil. Me gustó cómo habla del “privilegio de seguir vivo” sin verlo desde el fanatismo, sino desde la gratitud. También me hizo reflexionar en que muchas veces nos quejamos por cosas pequeñas y olvidamos agradecer por simplemente poder despertar un día más.
La parte final, donde dice que lo no vivido será el único equipaje que llevemos, me pareció muy cierta. Al final, uno se queda con las experiencias, no con los miedos. En general, me transmitió una sensación de esperanza y de aprovechar cada día al máximo.
Andres: Me agrada infinitamente que mi menaje haya llegado a ti con tanta profundidad y haya contribuido a una vision mas realista y optimista de la vida. Saludos.
Este texto me transmitió una mezcla de gratitud y reflexión. Habla de cómo la vida puede darnos segundas oportunidades y de lo importante que es valorarlas. Me hizo pensar en que muchas veces damos todo por hecho y no apreciamos lo que tenemos hasta que estamos a punto de perderlo. También me gustó la idea de que vivir no es solo existir, sino hacerlo con sentido, sin miedo y sin dejar cosas pendientes. En el fondo, siento que el mensaje es aprender a vivir con conciencia, aprovechar el presente y no dejar que la rutina apague las ganas de seguir.
Creo que usted ha captado el sentido principal del mensaje. Gracias por opinar.