¿POR QUÉ JUZGAMOS TANTO LO QUE TANTO ANSIAMOS?
“A veces cambiamos una palabra y terminamos descubriendo algo de nosotros.”
Autor: Roberto Cura, MS
¿Alguna vez has mirado a alguien que tiene mucho dinero y te has preguntado cómo lo consiguió?
Quizás incluso hayas pensado: “Quién sabe lo que habrá tenido que hacer para tener tanto”.
No sería extraño. Hay frases y pensamientos que hemos escuchado tantas veces que terminan formando parte de nuestra manera de mirar la vida, sin que nos detengamos demasiado a pensar qué dicen también de nosotros.
Una de esas frases me ha acompañado durante años. Alguien me dijo una vez, con una mezcla de orgullo y resignación:
“Yo soy pobre, pero honrado”.
No recuerdo exactamente qué le contesté. Sí recuerdo la pregunta que inmediatamente me vino a la cabeza:
¿Qué tiene que ver la pobreza con la honradez?
Con el tiempo comprendí que lo que más me inquietaba de aquella frase no era pobre ni honrado. Era una palabra aparentemente insignificante colocada entre ambas: pero.
¿Por qué “pero”?

Quizás hasta la gramática pueda ayudarnos a jugar un poco con la pregunta. Nos enseñaron en la escuela que y es una conjunción copulativa: une, suma, permite que dos cosas caminen juntas… y hasta que “copulen”. Pero, en cambio, es adversativa: introduce contraste, oposición. Y aquí resulta inevitable cierta travesura con las palabras: si las copulativas están hechas para unir, ¿por qué convertir en adversarias a la pobreza y la honradez?
Decir “soy pobre y honrado” parece funcionar perfectamente. Probemos desde el otro extremo: “soy rico y honrado”. ¿Nos suena exactamente igual?
No hace falta responder.
Dejemos la pregunta por ahí mientras seguimos.
CUANDO QUEREMOS LO QUE TAMBIÉN NOS MOLESTA
La mayoría queremos vivir mejor. Queremos seguridad, una casa confortable, viajar, ayudar a nuestros hijos, disfrutar de nuestro tiempo y no acostarnos pensando en la próxima factura, la letra del carro o el pago de la tarjeta de crédito. Nos gustaría enfrentar una enfermedad preocupándonos primero por recuperarnos y no por cuánto va a costarnos. Nada de eso parece demasiado extraño.
Sin embargo, junto a esos deseos hemos aprendido también una extensa colección de frases que parecen mirar con cierto recelo aquello mismo que muchas veces deseamos: “el dinero no da la felicidad”; “los ricos nunca tienen suficiente”; “prefiero ser pobre y dormir tranquilo”; “quién sabe cómo habrá conseguido todo lo que tiene”.
Quizás alguna de esas frases te resulte familiar. Incluso puede que alguna vez la hayas dicho. No importa demasiado decidir ahora si es cierta o falsa. Tal vez sea más interesante preguntarnos qué nos pasa cuando la decimos. Porque querer algo que no tenemos puede despertar sentimientos que no siempre caminan en la misma dirección. Podemos admirar a quien lo consiguió y compararnos con él; alegrarnos por su éxito y sentir cierta incomodidad; estar orgullosos de lo que somos y preguntarnos, al mismo tiempo, cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos tenido otras oportunidades.
¿Quién no ha criticado alguna vez algo que, en otras circunstancias, quizás también le hubiera gustado tener?
Puede haber orgullo y dignidad en aceptar lo que somos y lo que tenemos. Junto a ellos también pueden aparecer la resignación, la frustración, el recelo o alguna forma de envidia. No necesariamente esa envidia amarga que desea quitarle al otro lo que posee. A veces es apenas una pequeña punzada: el reconocimiento silencioso de que aquello que vemos en manos ajenas también nos hubiera gustado alcanzar.
Pero sería demasiado fácil dejar el espejo de un solo lado.

INTENTEMOS CAMBIAR DE LADO
Pensemos ahora en quien ha prosperado después de años de trabajo, sacrificios y decisiones difíciles. Es comprensible que mire lo conseguido y sienta que tiene lo que tiene porque trabajó para alcanzarlo. Y probablemente tenga razón. La pregunta aparece cuando, casi sin advertirlo, damos un paso más y suponemos que quien no llegó al mismo lugar quizás no se esforzó lo suficiente.
¿Será necesariamente así?
Pero la vida no suele repartir las cartas de la misma manera. Algunos encontraron puertas abiertas; otros tuvieron que empujarlas y otros quizás ni siquiera llegaron a encontrarlas. ¿Cuánto hubo de esfuerzo, cuánto de oportunidad, cuánto de suerte? Probablemente cada historia tenga su propia respuesta. Reducir todas esas historias a ricos y pobres, triunfadores y fracasados, honrados y deshonestos puede hacernos la realidad más sencilla, aunque no necesariamente más verdadera.

Entonces puede ocurrir algo curioso. Si tenemos poco, quizás nos consuele pensar que conservamos algo más valioso. Si tenemos mucho, quizás prefiramos recordar cuánto trabajamos para conseguirlo. ¿Quién sabe? Tal vez ambas historias tengan algo de verdad. O quizás cada uno esté mirando la vida desde el lugar que le tocó vivir. Posiblemente lo más interesante sea preguntarnos cuánto de nuestra propia historia aparece cuando intentamos explicar la del otro.
Y es precisamente ahí donde reaparece una vieja conocida: “El dinero no da la felicidad”.
TENER MÁS, VIVIR MEJOR… ¿NOS HACE MÁS FELICES?
Puede que el dinero no dé la felicidad. Pero imagina por un momento que mañana desaparecen tus preocupaciones por la vivienda, las deudas, la comida, los medicamentos o el futuro económico de tus hijos.
¿Nada cambiaría en tu vida?
Ahora imagina lo contrario. Tienes dinero suficiente para comprar casi todo lo que deseas, pero no tienes a quién llamar cuando estás triste; puedes viajar adonde quieras, pero ningún lugar te entusiasma; dispones de tiempo, pero no sabes qué hacer con él.
Quizás entonces la pregunta “¿el dinero da la felicidad?” empiece a quedarnos pequeña.
El dinero puede proporcionar seguridad, vivienda, alimentación, atención médica, educación, descanso, experiencias y algo extraordinariamente valioso: posibilidades de elegir. Su ausencia prolongada puede traer preocupación, dependencia, estrés y sufrimiento. Pero una casa no siempre termina convirtiéndose en un hogar, unas vacaciones no garantizan que podamos disfrutarlas y disponer de muchas opciones tampoco nos dice cuál escoger.

Quizás entonces la pregunta cambie un poco: ¿qué lugar queremos darle al dinero en nuestra vida? ¿Cuánto necesitamos? ¿Cuánto disfrutamos de lo que ya tenemos? ¿Y en qué momento empezamos a necesitar tener más para sentir que valemos más? No creo que exista una respuesta que pueda servir de la misma manera para todos.
Y quizás ahí esté precisamente lo interesante.
Vuelvo entonces a aquel hombre que un día me dijo: “Yo soy pobre, pero honrado”. Tal vez tenía excelentes razones para sentirse orgulloso de su honradez. Quizás detrás de aquella frase había una historia que yo desconocía. Hoy tampoco sentiría la necesidad de corregirlo. Probablemente volvería a escuchar aquel pequeño “pero” y me preguntaría qué ocurriría si alguna vez pudiera convertirse simplemente en una y.
Pobre y honrado. Rico y honrado. Prosperar y compartir. Tener y seguir siendo.
No sé cuáles de esas palabras pueden caminar juntas en la vida de cada persona. Tampoco creo que esa respuesta me corresponda.
Porque quizás la cuestión nunca estuvo solamente en cuánto tenemos. Tal vez esté también en lo que descubrimos de nosotros mismos cuando tenemos poco, cuando conseguimos más, cuando miramos lo que otro posee y cuando decidimos qué lugar queremos darle al dinero en nuestra propia vida.
Lo demás, prefiero dejarlo ahí para que lo pienses tú, en lugar de respondértelo yo.
Quizás podamos detenernos un momento ante lo que sentimos y pensamos, tratar de comprender de dónde viene todo eso y preguntarnos qué queremos hacer con ello. No siempre encontraremos una respuesta inmediata. Tal vez tampoco haga falta.
Quizás de eso se trate.
Reconozcámonos, comprendámonos y decidamos.
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Hoy la forma de ver el dinero se ha transformado: ya no se entiende solo como cifra o acumulación, sino como energía en movimiento. Su fluir lo multiplica, abre oportunidades y sostiene la vida. En cambio, la acumulación sin propósito puede llevar a usarlo en fines que no devuelven verdadero beneficio.
El dinero es también nuestro tiempo, y por eso es preciso respetarlo y respetarnos. A veces pensamos que existen bienes que recibimos “gratis”, pero en realidad todo lleva detrás un tiempo de vida invertido. Ese tiempo es valioso y merece ser reconocido.Respetar el dinero es respetar el tiempo humano que lo sostiene. No se trata de entregar sin pensar, sino de compartir con conciencia, porque compartir es unión y creación, mientras que entregar sin medida puede ser desgaste.
Existen muchas lecturas yo me quedo con esa de que el dinero es energía creadora o no tanto,está en correspondencia a veces con diferentes sentimientos ,con diferentes actitudes.
Gracias Roberto
Gracias, Rosal. Tu comentario aporta otra perspectiva a la conversación y me permite volver a una de las preguntas centrales del artículo. Más que intentar definir qué es el dinero, si es energía, acumulación, intercambio o creación, me interesaba observar qué nos pasa a nosotros frente a él y, especialmente, frente a quien lo posee. “Pobre, pero honrado” parte precisamente de una expresión cotidiana que parece inocente y, sin embargo, encierra mucho: ¿por qué necesitamos aclarar que alguien es pobre, pero honrado? ¿Por qué tantas veces asociamos determinadas virtudes a la pobreza y miramos la riqueza con sospecha, mientras al mismo tiempo aspiramos a vivir mejor? Ahí estaba mi pregunta. No tanto en el dinero, sino en nuestra mirada sobre él y sobre los demás. Gracias, Rosal, por estar una vez más presente en este espacio y sumar tu mirada a la conversación.
El dinero es un medio de intercambio de bienes y servicios. Su carencia limita el acceso a la satisfacción de determinadas necesidades. Vincularlo a valores éticos como la honradez sienta un presupuesto que ha trascendido el tiempo y las culturas.
Tener una mentalidad abierta al bienestar nos ayuda a tener una relación con el dinero sin angustias. Porque nuestro bienestar no solo depende del dinero
Gracias por tu reflexión. Coincido contigo en que el dinero es, ante todo, un medio, y que su presencia o su ausencia puede ampliar o limitar nuestras posibilidades, aunque no determina por sí sola nuestro bienestar. Precisamente, una de las preguntas que intenta provocar el artículo nace de esa antigua asociación entre dinero y valores morales. ¿Por qué hemos llegado a vincular tantas veces la pobreza con la honradez, como si tener más pudiera hacernos moralmente sospechosos? Quizás una relación más sana con el dinero comience por dejar de convertirlo en una medida del valor de las personas: ni tener poco nos hace más virtuosos, ni tener mucho nos hace menos honrados. Gracias por sumar tu mirada a esta conversación.