¿Cuantas personas caben en una misma persona?

DE LA VIEJA HISTERIA A LAS “TRES CARAS DE EVA” Y EL TRASTORNO DE IDENTIDAD DISOCIATIVO

Autor: Roberto Cura, MS

“Una sola vida. Muchas maneras de mostrarnos. Un mismo yo intentando reunirlas.”

Todos conocemos a alguien de quien alguna vez hemos dicho: “Tiene dos caras”. O quizás hemos visto a una persona reaccionar de manera tan inesperada que exclamamos:

“¡Parece otra persona!”

Pero ¿cuántas caras puede tener realmente una persona? ¿Dos? ¿Tres? ¿Muchas? ¿Y cuándo estamos simplemente ante diferentes maneras de ser y cuándo ocurre algo mucho más complejo?

En 1957, una mujer pareció dar una respuesta desconcertante: tenía tres caras ante los ojos de millones de personas. Su historia clínica se convirtió en un bestseller y ese mismo año saltó al cine con un título que recorrió el mundo: Las tres caras de Eva.

Pero aquella mujer no era simplemente cambiante, contradictoria o, como diríamos popularmente, una persona “de dos caras”. Su historia era mucho más compleja. Y para comprenderla tendremos que regresar a una vieja palabra que, aunque desapareció de los diagnósticos, nunca desapareció de nuestras conversaciones: histeria

UNA PALABRA QUE SOBREVIVIÓ A SU PROPIO DIAGNÓSTICO

La palabra histeria continúa entre nosotros. La utilizamos para describir a quien exagera, grita, pierde el control o reacciona de una manera que consideramos desproporcionada. Sin embargo, durante mucho tiempo significó algo bastante diferente.

Bajo aquel nombre cabían parálisis sin lesión aparente, convulsiones, pérdidas de sensibilidad, amnesias, alteraciones de la conciencia y comportamientos difíciles de explicar. También se hablaba, en un lenguaje más cercano al de la calle, de expansividad, euforia y del temido “ataque histérico”: episodios intensos, llamativos, a veces de gran espectacularidad, que podían incluir gritos, agitación, llanto, movimientos bruscos o aparente pérdida del control. La histeria llegó así a convertirse en una especie de inmenso jardín clínico donde parecían florecer síntomas de todos los colores.

Hasta su nombre cuenta una historia. Histeria procede del término griego utilizado para designar el útero y, durante siglos, muchas de aquellas manifestaciones fueron relacionadas con el cuerpo femenino, la reproducción y, posteriormente, también con la sexualidad. Quizás por eso expresiones todavía comunes como “déjate de tanta histeria” o “no seas tan histérico”, cuando se dirigen a un hombre, pueden arrastrar un viejo matiz: cuestionar implícitamente su fortaleza o incluso su masculinidad.

La medicina cambió. La palabra sobrevivió.

¿Y QUÉ HACÍAN CON AQUELLOS PACIENTES?

Imaginemos por un momento aquella consulta. Una persona llegaba sin poder mover un brazo, aunque los médicos no encontraban una lesión que lo explicara. Otra perdía la sensibilidad; otra sufría convulsiones, amnesias o extraños estados de conciencia. Y estaban también aquellos episodios aparatosos que familiares y médicos describían como “ataques histéricos”. El síntoma estaba allí. La explicación no.

Durante siglos cambiaron las interpretaciones y también las formas de tratar aquellos cuadros. Las mujeres cargaron especialmente con explicaciones que relacionaban esos fenómenos con su sexo, su aparato reproductor y su sexualidad. Hacia finales del siglo XIX, sin embargo, la mirada comenzó a transformarse.

En la célebre Salpêtrière de París, el neurólogo francés Jean-Martin Charcot estudió sistemáticamente muchos de aquellos cuadros. Sus presentaciones clínicas despertaban enorme interés y la hipnosis llegó a ocupar un lugar importante en sus investigaciones sobre la histeria. No todo lo que entonces se pensaba o hacía resistiría el paso del tiempo, pero algo decisivo estaba ocurriendo: para comprender síntomas que el cuerpo no lograba explicar, la medicina comenzaba también a mirar hacia la mente.

Poco a poco, aquel inmenso territorio llamado “histeria” comenzó a fragmentarse. Fenómenos que durante años habían compartido una misma etiqueta empezaron a entenderse de maneras diferentes. Entre ellos apareció con mayor claridad una palabra fundamental para nuestra historia: “disociación”.

Y aquí reaparece Eva.

UNA MUJER, TRES CARAS Y UNA PELÍCULA

En 1957, los psiquiatras estadounidenses Corbett H. Thigpen y Hervey M. Cleckley publicaron “Las tres caras de Eva”, basado en el caso real de Chris Costner Sizemore sobre el cual adquirieron sus derechos de divulgación. El libro se convirtió en un bestseller y ese mismo año fue llevado al cine.

Millones de personas conocieron entonces a una Eva contenida y convencional; otra desinhibida e impulsiva; y una tercera aparentemente más equilibrada. Tres caras. Una misma mujer. El cine convirtió un complejo caso clínico en un fenómeno cultural.

Pero detrás de aquella película había mucho más. Con el paso de los años, Chris Sizemore llegó a describir múltiples identidades. Las famosas “tres caras” no habían sido solamente tres: la historia real era bastante más compleja que la que podía caber en la pantalla.

Y quizás sea aquí donde Las tres caras de Eva deja de ser solamente la historia extraordinaria de una paciente. Porque, salvando todas las distancias, la pregunta empieza a rozarnos a nosotros: si una persona puede mostrarse de maneras tan diferentes, ¿cuántas caras reconocemos en nuestra propia vida?

¿CUÁNTAS CARAS TENEMOS NOSOTROS?

Probablemente más de una. Podemos ser seguros en el trabajo y vulnerables en la intimidad; tolerantes con un amigo e impacientes con nuestra pareja; generosos unas veces y egoístas otras. Podemos mostrarnos serenos ante un gran problema y perder el control por una insignificancia. Alguna vez incluso hemos reaccionado de determinada manera y después pensamos: “Ese no parecía yo.”

Pero éramos nosotros.

La personalidad no es una fotografía inmóvil. En ella conviven recuerdos, emociones, temores, deseos, contradicciones y diferentes maneras de relacionarnos con los demás. Tener diferentes facetas no significa tener diferentes identidades.

Tampoco significa lo mismo que aquello que popularmente llamamos “tener dos caras”. Con esa expresión solemos cuestionar la sinceridad o la coherencia de alguien: se comporta de una manera con nosotros y de otra cuando no estamos presentes. Puede parecernos censurable, pero no es, por ello, un trastorno de identidad.

CUANDO NO SE TRATA SIMPLEMENTE DE “OTRA CARA”

Lo que durante años se popularizó como “personalidad múltiple” recibe actualmente el nombre de “Trastorno de identidad disociativo” (TID). No es solamente un cambio de nombre.

No estamos hablando de alguien que cambia de humor, se contradice, actúa de manera diferente según las circunstancias o muestra aspectos de sí mismo que desconocíamos. El TID implica alteraciones importantes en la integración de la identidad y puede involucrar discontinuidades en la experiencia de uno mismo, la memoria, la conciencia y el comportamiento.

La investigación y la experiencia clínica han encontrado que existe una importante asociación entre estos cuadros y experiencias traumáticas graves, repetidas y tempranas. Durante la infancia vamos integrando recuerdos, emociones y experiencias hasta construir esa sensación relativamente continua que nos permite afirmar: “Este soy yo.”

Cuando un niño queda repetidamente expuesto a experiencias abrumadoras de las que no puede escapar y para las cuales todavía carece de suficientes recursos psicológicos, la disociación puede convertirse en una manera extrema de separar de la conciencia recuerdos, emociones o experiencias difíciles de integrar.

Pero conviene dejar algo muy claro: haber sufrido un trauma no significa desarrollar un TID. La mayoría de las personas que han atravesado experiencias traumáticas no desarrollan este trastorno, y su diagnóstico requiere una cuidadosa evaluación profesional.

¿CUÁL DE TODAS NUESTRAS CARAS ES LA VERDADERA?

La que trabaja, la que ama, la que teme, la que discute, la que cuida, la que se muestra segura, la que alguna vez siente celos o la que sonríe delante de los demás mientras guarda una preocupación que nadie conoce. ¿Cuál de ellas somos realmente?

Quizás ninguna por separado y, al mismo tiempo, todas forman parte de nosotros.

Madurar no significa convertirnos en personas perfectamente uniformes. Podemos cambiar sin convertirnos en otro, contradecirnos sin tener dos identidades y descubrir aspectos desconocidos de nosotros mismos sin que exista necesariamente una enfermedad.

La vieja histeria, las “dos caras” que atribuimos a los demás y las famosas “Tres caras de Eva” pertenecen a realidades diferentes. Confundirlas puede llevarnos a convertir comportamientos humanos en diagnósticos que no les corresponden. Conocer sus diferencias, en cambio, nos deja una pregunta mucho más interesante.

No necesitamos tener “tres caras” para preguntarnos cuántas versiones de nosotros mismos hemos ido construyendo a lo largo de la vida. Algunas aparecieron para adaptarnos; otras, quizás, para protegernos. Unas nos gustan. Otras preferiríamos no reconocerlas.

Tal vez la verdadera cuestión no sea cuántas caras tenemos, sino si conseguimos reconocerlas como nuestras e integrarlas en una misma historia. Porque detrás de nuestras contradicciones, recuerdos, emociones, heridas y cambios permanece una necesidad profundamente humana: poder mirarnos, a pesar de todo, y continuar diciendo:

“Este sigo siendo yo.”

Roberto Cura MS
Roberto Cura MS
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11 comentarios

  1. Profunda reflexión, sobre la diferentes facetas y el adaptarnos según la situación.
    Este texto alivia, porque nos recuerda que ser contradictorios es simplemente parte de ser humanos.

    • Muchas gracias por tu reflexión. Es cierto: todos mostramos distintas facetas según las circunstancias que vivimos, y eso forma parte de nuestra capacidad de adaptarnos. Nuestras contradicciones también hablan de nuestra complejidad como seres humanos. Lo importante es reconocerlas, comprendedlas y aprender a convivir con ellas sin dejar de ser nosotros mismos. Un abrazo y gracias por compartir tu mirada.

    • Muchas gracias, Lienys. Has captado una de las ideas esenciales del artículo: no somos una fotografía inmóvil. Cambiamos, nos adaptamos y mostramos diferentes facetas según las circunstancias que vivimos. Incluso nuestras contradicciones forman parte de esa complejidad que nos hace profundamente humanos. Comprenderlo, como bien señalas, puede ayudarnos a mirarnos con menos temor y mucha más aceptación. Un abrazo.

  2. El Dr Roberto Cura hace honor a lo que en siglo pasado era un plato de cada diaben la practica clinica.
    Las clasificaciones modernas son esencialmente estadisticas pero tambien por otro lado la expresion clinical de los trastornos mentales ha dado un vuelco enorme y son escasos los pacientes que presenten la Histeria como la veiamos hace 40 años.
    Lo mismo pasa con la Esquizofrenia y el trastorno bipolar.
    El tiempo y los nuevos psicofarmacos han apurado la transformation dialectica de la manifestacion clinica.

    • Muchas gracias, profesor, por su valioso comentario, que adquiere especial significado por provenir de tantos años de experiencia clínica. Coincido plenamente en que la expresión de los trastornos mentales ha cambiado considerablemente. Quienes hemos ejercido durante décadas hemos sido testigos de cuadros que antes veíamos con frecuencia y que hoy se presentan de manera muy diferente o son mucho menos habituales. Los cambios en los criterios diagnósticos, en la comprensión de la psicopatología y, sin duda, los avances de la psicofarmacología han contribuido a transformar el panorama clínico. Su observación enriquece el tema y aporta algo que ningún manual puede sustituir: la perspectiva que dan los años frente al paciente. Muchas gracias por compartirla.

  3. Que tal Robe?
    En las varias miradas que merece tu artículo
    Lo ví a la luz de la Parábola del Sembrador

    Tenemos una sola cara física, pero en ella viven varios matices: roles y emociones que se encienden según la actitud que los sostiene. Si la actitud es buena tierra, los matices florecen en fruto; si la actitud es dañada, los matices se fragmentan en enfermedad. Nuestra cara es un espejo de la raíz: lo que sembramos dentro, se refleja fuera

    Gracias como siempre por mover algo dentro de los que te leemos.

    • Rosal: Muchas gracias por esta hermosa lectura. Me parece muy interesante que hayas llevado el artículo a la Parábola del Sembrador. La imagen de la tierra donde germinan nuestros distintos matices añade una dimensión profundamente humana y espiritual a la reflexión. Somos una misma persona, pero en nosotros conviven emociones, roles, contradicciones y maneras diferentes de responder a la vida. Y, como bien dices, mucho dependerá de la tierra interior donde todo ello encuentre raíz. Gracias por mirar el artículo desde otro ángulo y, sobre todo, por devolverme también algo para pensar. Un abrazo.

  4. Muy buen domingo, mi profesor y amigo.
    Hoy pude leer su profesional artículo y los, también muy profesionales, comentarios.
    Siempre trabajé la psicología social, y el estar diariamente y por años conviviendo y evaluando personas para puestos de trabajo o su comportamiento en las relaciones sociales/laborales, me ha llevado a comprobar algo q ha estudiado la Psicologia de la Personalidad…»demostramos actitudes y comportamientos según las condiciones sociales (incluidas todas) en las q nos desarrollamos»
    Para no alargar por aquí, le amplio, con ejemplos, por su privado, para cuando Ud. pueda profundice al respecto.
    Gracias por su tiempo y su siempre deseo de trasmitir sus conocimientos. Reenvío su blog a amistades. Lindo domingo.

    • Querida Myrna, muchas gracias por leer el artículo con tanta atención y por enriquecerlo desde su amplia experiencia en la psicología social y laboral. Coincido con usted: las condiciones sociales, familiares y laborales influyen profundamente en nuestras actitudes y comportamientos. No reaccionamos de la misma manera en todos los ambientes ni desempeñamos un único papel durante la vida. Precisamente, una de las distinciones importantes es comprender cuándo esas variaciones son formas naturales de adaptación y cuándo sobrepasan ese límite y se convierten en una fragmentación patológica de la identidad. Recibiré con mucho interés los ejemplos que desea compartir conmigo. Seguramente nos permitirán profundizar en un tema que tiene muchas más aristas de las que pueden abordarse en un solo artículo.Gracias también por reenviar el blog a sus amistades. Ese gesto representa para mí una hermosa forma de apoyar este proyecto y de hacer que estas reflexiones lleguen a más personas. Un abrazo y feliz domingo para usted también.

  5. Comparto una opinión que me llega desde la isla de Cuba.
    Leo este texto y, como hombre cubano, siento que me obliga a mirar de otro modo a las mujeres que sostienen este país. Habla de Eva, de la histeria, de las múltiples caras, y yo pienso en mi madre, en mi vecina, en mis compañeras de trabajo. En esta crisis económica, política y social, ellas son las que más hacen malabares: la que busca comida, la que cuida enfermos sin medicinas, la que sostiene la casa mientras todo falla. El texto acierta al mostrar que la personalidad no es una fotografía fija. Pero también me hace ver algo incómodo: durante siglos la palabra “histeria” sirvió para descalificar a la mujer que se rebelaba o se quebraba. Hoy, en Cuba, todavía se dice “no te pongas histérica” para silenciar un reclamo justo. La lectura me ayuda a entender que esas caras no son defectos, sino estrategias de supervivencia. Como hombre, reconozco mis propias contradicciones, pero no cargo el mismo peso social. Ellas enfrentan la escasez, la violencia simbólica, la doble jornada y el juicio constante. Valorar positivamente este texto es valorar que nos devuelva la humanidad a quienes fueron diagnosticadas por siglos. Me enseña a no patologizar el cansancio femenino, a escuchar sin corregir, a no llamar exageración a lo que muchas veces es resistencia. Si algo me queda claro es que detrás de cada mujer que parece “otra” hay una historia de lucha. Y que reconocerla, integrarla y acompañarla es también una forma de decir: este país sigue siendo nosotras y nosotros, aunque duela.

    • Patricia: Dale las gracias a tu amigo, por una lectura tan humana y profunda. Ha llevado el artículo más allá del trastorno para conectarlo con la realidad de tantas mujeres cubanas que, en medio de enormes carencias, sostienen la familia y la vida cotidiana. Me alegra que el texto le haya invitado a mirar su cansancio, sus contradicciones y sus diferentes “caras” no como defectos, sino como parte de una historia de lucha y resistencia. Sus palabras, desde Cuba, llegan a Miami con mucha fuerza y sensibilidad.

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