ENTRE LA CONDUCTA Y LA INTERVENCIÓN: UNA REFLEXIÓN NECESARIA
UNA SITUACIÓN QUE TERMINO EN UN DECISIÓN EXTREMA
Recientemente, un caso llamó particularmente la atención en el ámbito clínico. Se trata de Reynel, un niño de ocho años que, tras visitar la casa de un familiar, tomó sin permiso dos cigarrillos electrónicos y dos preservativos. Posteriormente, los llevó a la escuela y los cigarrillos los compartió con algunos compañeros. La situación fue detectada por la maestra, escaló a la dirección del centro, se activaron protocolos institucionales, se contactó a los padres y se involucró tanto a las autoridades policiales como al Departamento de Niños y Familia. Como resultado, el menor fue suspendido, expulsado del colegio y expuesto a una intervención de alto impacto emocional.
A primera vista, se trata de una conducta que requiere atención. Sin embargo, más allá de lo ocurrido, resulta imprescindible analizar no solo el comportamiento del niño, sino también la forma en que este fue interpretado y abordado por los adultos y las instituciones.
UN NIÑO DE OCHO AÑOS Y LOS LÍMITES DE LA INTERPRETACIÓN ADULTA
Uno de los errores más frecuentes en la comprensión de la conducta infantil consiste en atribuir a los niños niveles de intencionalidad, juicio y conciencia propios del mundo adulto. A los ocho años, el desarrollo emocional y cognitivo aún se encuentra en proceso. La curiosidad, la exploración y la búsqueda de aceptación social ocupan un lugar central en la conducta.
En este contexto, tomar un objeto llamativo, llevarlo a la escuela y compartirlo con otros puede responder más a una combinación de impulsividad, interés por lo novedoso y necesidad de reconocimiento por parte del grupo de pares y menos a una intención deliberadamente transgresora.
Cuando además existe un diagnóstico previo de Attention Deficit Hyperactivity Disorder (ADHD), Combined Type, la conducta adquiere un marco aún más claro. Este trastorno se caracteriza, entre otros aspectos, por dificultades en el control inhibitorio, tendencia a la impulsividad y limitaciones en la anticipación de consecuencias. No se trata de una ausencia de normas internas, sino de una dificultad para detener la acción en el momento oportuno.

A esto se suma un elemento clínico relevante identificado en la evaluación inicial para terapia: indicadores de baja autoestima. Este aspecto no es menor, ya que niños con una autoimagen debilitada pueden ser más vulnerables a buscar validación externa a través de conductas que les otorguen visibilidad o aceptación dentro del grupo.
Asimismo, se reportan antecedentes de dificultades conductuales tanto en el hogar como en el entorno escolar, lo que sugiere la presencia de un patrón de desregulación que no es episódico, sino que requiere una intervención más estructurada y sostenida en el tiempo.
A este cuadro se añade otro elemento significativo observado durante el proceso terapéutico inicial: el niño expresó rechazo a participar en actividades que percibía como “infantiles”, señalando que ya no se consideraba un niño pequeño. Este tipo de verbalización, más allá de su aparente simplicidad, puede reflejar una necesidad de ser reconocido en una posición más “madura”, así como cierta tensión en la construcción de su autoimagen. En algunos casos, esta postura se asocia a una búsqueda de validación externa o a una forma de distanciarse de aspectos de sí mismo que no resultan suficientemente valorados. Desde esta perspectiva, la conducta observada no solo se vincula a la impulsividad, sino también a la manera en que el niño intenta posicionarse frente a los demás.
COMPRENDER LA CONDUCTA PARA INTERVENIR MEJOR
Comprender no implica justificar, sino intervenir con mayor precisión. La conducta requiere límites, comprensión del riesgo y consecuencias, pero estComprender no implica justificar. Implica intervenir con mayor precisión. La conducta presentada requiere, sin duda, delimitación de normas, comprensión del riesgo y establecimiento de consecuencias. Sin embargo, estas deben ser proporcionales, educativas y orientadas al aprendizaje.

En la práctica clínica, no es infrecuente encontrar que detrás de conductas similares existe una motivación que el propio niño no logra formular con claridad, pero que se expresa en la necesidad de ser visto, reconocido o integrado. Esta necesidad puede intensificarse cuando existe una base de baja autoestima, donde el valor personal depende en mayor medida de la respuesta del entorno. Expresiones como “quería que me miraran” o “quería que mis amigos se interesaran” no son ajenas a este tipo de situaciones. Lejos de evidenciar una intención disruptiva estructurada, reflejan procesos propios del desarrollo que requieren guía y contención.
Desde el espacio terapéutico, este tipo de motivaciones se exploran y se trabajan, ayudando al niño a identificar alternativas más adecuadas para lograr reconocimiento y pertenencia.
CUANDO LA INTERVENCIÓN SE CONVIERTE EN SOBRE-RESPUESTA
En el caso descrito, la activación de protocolos que incluyeron la intervención policial, la participación del Departamento de Niños y Familia y la aplicación de una medida extrema como la expulsión plantea interrogantes relevantes desde el punto de vista clínico y educativo.

Es necesario preguntarse qué tipo de aprendizaje se promueve en un niño de esta edad cuando la respuesta institucional se centra predominantemente en la sanción y la escalada de intervenciones. Experiencias de esta naturaleza pueden generar miedo, vergüenza y confusión, afectando la forma en que el niño se percibe a sí mismo.
Este impacto puede ser aún más significativo en un niño que ya presenta dificultades en su autoestima y un historial de desregulación conductual, ya que tiende a integrar estos eventos como confirmación de una imagen negativa de sí mismo. En lugar de favorecer la comprensión de la conducta, existe el riesgo de que el menor internalice una identidad asociada al error o al problema. Este aspecto resulta especialmente relevante en niños con ADHD, quienes con frecuencia acumulan experiencias de corrección y señalamiento a lo largo de su desarrollo.
En estos escenarios, el terapeuta cumple un rol clave en ayudar al niño a procesar la experiencia vivida, evitando que esta se convierta en una marca negativa en la construcción de su identidad..
LOS LÍMITES DE LA SANCIÓN COMO ESTRATEGIA EDUCATIVA
La disciplina es necesaria en el proceso formativo. Sin embargo, cuando se reduce exclusivamente a la aplicación de castigos, pierde su función educativa. La expulsión, particularmente en edades tempranas, no aborda los factores subyacentes a la conducta y puede contribuir a su agravamiento.
Un niño que presenta dificultades en la auto-regulación no deja de necesitarlas por ser excluido del entorno escolar. Por el contrario, requiere intervenciones más estructuradas, acompañamiento constante y oportunidades de aprendizaje guiado.
HACIA UN ENFOQUE MÁS AJUSTADO
El abordaje de una situación como esta debería incluir:
- Evaluación de la función de la conducta.
- Consideración del diagnóstico de ADHD en la intervención.
- Atención a factores emocionales como la autoestima.
- Consideración del historial conductual en distintos contextos.
- Adecuación de las intervenciones terapéuticas a la etapa evolutiva y a la autoimagen del niño.
- Acompañamiento terapéutico orientado al desarrollo de habilidades emocionales y conductuales.
- Establecimiento de límites claros y consecuencias proporcionales.
- Implementación de un plan conductual estructurado.
- Trabajo con la familia en supervisión y consistencia normativa.
- Psicoeducación adaptada a la edad del niño.
- Desarrollo de habilidades de autocontrol y toma de decisiones.
El objetivo no es eliminar la consecuencia, sino transformarla en una oportunidad de aprendizaje.onsecuencia, sino convertirla en aprendizaje.
EL QUEHACER TERAPÉUTICO EN UNA SITUACIÓN COMO ESTA
Más allá del análisis, la intervención clínica en un caso como el de Reynel requiere un enfoque estructurado, progresivo y ajustado a sus necesidades específicas.
En una primera fase, el trabajo terapéutico se orienta a contener el impacto emocional del evento, ayudando al niño a elaborar lo vivido sin que lo integre como una definición de sí mismo. Es frecuente que, tras experiencias de alta intensidad como la intervención policial o la expulsión, aparezcan sentimientos de vergüenza, miedo o confusión que requieren ser procesados en un espacio seguro.
De manera paralela, se debe trabajar en el desarrollo de conciencia sobre la conducta, no desde la culpabilización, sino desde la comprensión: qué ocurrió, por qué no fue adecuado y cuáles pueden ser sus consecuencias.
Un eje central de la intervención lo constituye el entrenamiento en el control de impulsos, especialmente relevante en el contexto de ADHD. A través de estrategias como el “detenerse–pensar–actuar”, el uso de señales externas y la recreación de situaciones cotidianas, el terapeuta ayuda al niño a desarrollar recursos que aún no están suficientemente consolidados.
Asimismo, se debe incorporar un trabajo dirigido al fortalecimiento de la autoestima, promoviendo experiencias de logro y validación realista, reduciendo así la necesidad de buscar reconocimiento a través de conductas inadecuadas.
Otro componente fundamental es la intervención con la familia, orientada a establecer límites claros, consistentes y predecibles, así como a mejorar la supervision y la forma en que se manejan las conductas problemáticas en el hogar.
Finalmente, se considera la coordinación con el entorno escolar, con el propósito de favorecer un abordaje coherente, centrado en el aprendizaje conductual y no exclusivamente en la sanción.
El objetivo terapéutico no es únicamente reducir la conducta problemática, sino dotar al niño de herramientas que le permitan desenvolverse de manera más adaptativa en su entorno.
CONCLUSIONES DESDE “CAMINOS DEL BIENESTAR”
El caso analizado no remite a la presencia de un “niño problema”, sino a un niño que, en un contexto específico, actuó desde la impulsividad, la curiosidad, la necesidad de validación y una limitada capacidad de anticipación, en el marco de un trastorno que afecta su autorregulación, con indicadores de una autoestima en desarrollo y con antecedentes de dificultades conductuales que requieren una intervención comprensiva y estructurada.
La respuesta adulta, en estos casos, debe orientarse no solo a corregir la conducta, sino a comprender los procesos que la originan. Intervenir con mayor intensidad no siempre implica intervenir mejor.
Educar supone establecer límites, pero también ofrecer herramientas. Supone corregir sin descalificar y acompañar sin sobreproteger. En última instancia, cada intervención contribuye a la construcción de la identidad del niño. Y es precisamente en ese punto donde radica la mayor responsabilidad.

