Elegir también es vivir

LAS DECISIONES QUE TOMAMOS… Y LAS CONSECUENCIAS QUE NOS TRANSFORMAN
LA VIDA NOS OBLIGA A ELEGIR

Desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que termina el día, nuestra existencia es una sucesión de decisiones. Algunas parecen pequeñas; otras tienen el poder de cambiar para siempre el rumbo de nuestra historia. Elegimos acercarnos o alejarnos, hablar o guardar silencio, confiar o desconfiar, perdonar o conservar el resentimiento, permanecer o marcharnos. Incluso cuando creemos que no estamos decidiendo, ya hemos tomado una decisión: permitir que el tiempo, las circunstancias o los demás elijan por nosotros.

Muchas veces desearíamos que alguien decidiera en nuestro lugar. Otras esperamos una señal tan clara que elimine toda duda antes de dar el siguiente paso. Sin embargo, la vida rara vez ofrece certezas. Nos muestra caminos, oportunidades, riesgos y pequeñas señales, pero nunca nos garantiza que hayamos escogido el mejor destino. Y, aun así, debemos decidir. Porque no elegir también es una elección. Permanecer inmóviles tiene consecuencias, y esperar indefinidamente también cambia el rumbo de la vida.

Cada decisión abre una puerta y, al mismo tiempo, cierra otra. Cada «sí» implica renunciar a un «no», y toda renuncia deja una huella, aunque en ese momento todavía no podamos verla. Quizá por eso vivir resulte tan desafiante. No porque la vida quiera complicarnos el camino, sino porque crecer exige aprender a avanzar sin disponer de todas las respuestas.

LA LIBERTAD TAMBIÉN PRODUCE ANGUSTIA

Una parte importante de nuestro bienestar emocional depende de la manera en que tomamos nuestras decisiones y de la disposición que tengamos para asumir sus consecuencias, pues no existen decisiones perfectas. Lo verdaderamente importante es aprender a decidir con conciencia y vivir responsablemente aquello que hemos elegido.

Pero, si decidir forma parte de la condición humana, ¿por qué nos resulta tan difícil hacerlo?

Erich Fromm encontró una respuesta que sigue siendo sorprendentemente actual. En “El miedo a la libertad” explicó que la libertad no solo representa uno de los mayores privilegios del ser humano; también es una fuente de angustia. Ser libres significa aceptar que somos responsables de nuestra propia vida. Mientras otros decidan por nosotros, ya sea la familia, la pareja, las costumbres, la sociedad o incluso el miedo, siempre podremos atribuirles parte de las consecuencias. Pero cuando la decisión nace realmente de nosotros, desaparecen las excusas y aparece el peso de la responsabilidad.

Pensemos en una mujer que lleva veinte años en una relación donde hace mucho tiempo desaparecieron el respeto, la tranquilidad y la ilusión. No permanece porque sea feliz. Permanece porque teme quedarse sola, empezar de nuevo o enfrentarse a la incertidumbre. Poco a poco descubre que el miedo también toma decisiones. Sin darse cuenta, ha permitido que sea el temor, y no su libertad, quien dirija el rumbo de su vida. Esa es precisamente la angustia de la que hablaba Fromm. Según él, muchas personas renuncian a su libertad para escapar del peso que implica decidir. Es, por eso, que existen tantas personas que permanecen durante años en relaciones que dejaron de hacerlas crecer, continúan en trabajos que apagaron sus ilusiones o mantienen formas de vivir que ya no reflejan quiénes son. No siempre es porque no existan alternativas. Con frecuencia permanecen donde están porque cambiar exige asumir la incertidumbre de una nueva elección.

Renunciar a decidir no elimina las consecuencias. Simplemente permite que la vida decida por nosotros.

CUANDO LA VIDA PIERDE SENTIDO

Hay decisiones que no nacen de la tranquilidad, sino de la crisis. Llegan cuando una pérdida, una enfermedad, una decepción, una traición o un fracaso nos obligan a replantearnos aquello que dábamos por seguro. Son momentos en los que sentimos que el suelo desaparece bajo nuestros pies y comenzamos a preguntarnos qué sentido tiene seguir adelante.

Viktor Frankl llamó a esta experienciacrisis existencial”. No se trata solo del sufrimiento, sino de la sensación de que la vida ha perdido el significado que antes la sostenía. Sin embargo, fue precisamente en medio de ese escenario donde descubrió una de las verdades más profundas de la condición humana: aunque no siempre podamos elegir las circunstancias que vivimos, nadie puede arrebatarnos la libertad de decidir la actitud con la que responderemos a ellas.

Esta idea cambia profundamente nuestra manera de entender las decisiones. Elegir no consiste únicamente en escoger un camino. También significa decidir qué haremos con aquello que la vida ha puesto frente a nosotros. Dos personas pueden atravesar una experiencia similar y salir profundamente distintas de ella, porque el sufrimiento, por sí solo, no transforma. Lo que verdaderamente transforma es el significado que cada uno decide darle.

Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de la vida. No siempre podremos evitar el dolor, pero sí decidir si ese dolor nos detendrá o se convertirá en el punto de partida para crecer, comprendernos mejor y encontrar un nuevo sentido para seguir adelante.

LAS DECISIONES TAMBIÉN CONSTRUYEN NUESTRA IDENTIDAD

Carl Rogers aportó una idea que completa esta reflexión. Sostenía que todo ser humano posee una tendencia natural hacia la autoactualización, es decir, hacia el desarrollo de sus capacidades y la posibilidad de convertirse, poco a poco, en una persona más auténtica y equilibrada. No significa alcanzar la perfección, sino acercarnos cada día un poco más a quienes realmente podemos llegar a ser.

Desde esta perspectiva, las decisiones no solo cambian nuestras circunstancias; también nos cambian a nosotros. Elegimos mucho más que un trabajo, una pareja o un lugar donde vivir. Elegimos valores, prioridades y la manera en que queremos relacionarnos con el mundo. Cada elección fortalece unos aspectos de nuestra personalidad y debilita otros. Con el paso del tiempo, nuestras decisiones terminan moldeando nuestro carácter.

Pensemos en un joven que decide estudiar Medicina para responder al sueño de su padre, cuando en realidad su vocación siempre estuvo en la arquitectura, la música o la enseñanza. Tal vez llegue a ser un excelente médico. O quizás no. Pero la verdadera pregunta aparecerá años después: ¿esa fue realmente mi decisión o terminé viviendo el proyecto de otra persona? Cuando elegimos únicamente para obtener la aprobación de los demás, corremos el riesgo de alejarnos, casi sin darnos cuenta, de nuestra propia identidad.

Quizá por eso la pregunta más importante no sea únicamente «¿Qué debo hacer?», sino «¿En quién me estoy convirtiendo con esta decisión?». En muchas ocasiones, la respuesta a esa pregunta vale más que cualquier otra.

LAS SEÑALES QUE LA VIDA NOS OFRECE

Antes de toda decisión importante, la vida suele hablar en voz baja. Rara vez lo hace mediante grandes acontecimientos. Prefiere expresarse a través de una paz que comienza a desaparecer, una inquietud persistente, conflictos que se repiten, un cansancio emocional que antes no existía o esa silenciosa sensación de que estamos dejando de reconocernos.

Con frecuencia ignoramos esas señales. Incluso, las justificamos, las minimizamos o confiamos en que desaparecerán por sí solas. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Cuando no las escuchamos, suelen hacerse cada vez más evidentes. Lo que comenzó siendo un susurro termina convirtiéndose en un grito. Entonces solemos decir que la vida nos sorprendió, cuando en realidad llevaba mucho tiempo invitándonos a detenernos y reflexionar.

Las señales no están para decidir por nosotros. Su función es otra: llamar nuestra atención antes de que las consecuencias sean más dolorosas. Son una invitación a pensar, no un sustituto de nuestra libertad.

LA CONFESIÓN DE UNA MUJER

Hace algún tiempo, en varias sesiones de psicoterapia,  escuché la reflexión de una mujer que describía, con una sinceridad conmovedora, su propio proceso de transformación. Contaba que durante mucho tiempo siguió viviendo en el pasado. Aunque cumplía con sus responsabilidades diarias, una parte de ella permanecía detenida en los recuerdos. Todavía pensaba en aquella persona, recordaba sus palabras y, en ocasiones, se preguntaba si él también pensaría en ella. No hablaba desde el resentimiento; hablaba desde la nostalgia.

Pero, un día comprendió que necesitaba simplificar su vida. Descubrió que, mientras menos peso emocional cargaba sobre sus hombros, con mayor libertad podía avanzar.Se comparó con un pequeño trozo de madera flotando sobre el agua; cuanto más ligero era, con mayor facilidad seguía la corriente. 

Aquella mujer no decía que hubiera olvidado, ni que el dolor hubiera desaparecido. Lo verdaderamente importante era otra cosa: “había dejado de vivir prisionera de ese dolor”. Comprendió que la vida no siempre puede ser luminosa, pero tampoco permanece para siempre en la oscuridad; que la alegría y la tristeza forman parte del mismo camino y que, mientras exista vida, siempre habrá esperanza.

Fue entonces pronunció una frase que resumía toda su transformación: «Hoy comprendí que soy muy valiosa.»

Sin saberlo, había recorrido el mismo camino del que hablaban Fromm, Frankl y Rogers. Había dejado de buscar su identidad exclusivamente en otra persona, encontró un nuevo sentido para una experiencia dolorosa y comenzó a desarrollar la mejor versión de sí misma. En otras palabras, había decidido volver a encontrarse.

ELEGIR ES TAMBIÉN CONSTRUIR

Con frecuencia pensamos que las decisiones solo cambian nuestro futuro. En realidad, también transforman nuestra identidad. Cada elección moldea nuestro carácter, fortalece nuestros valores, redefine nuestras prioridades y nos muestra quiénes somos cuando la vida deja de ser sencilla.

No siempre acertaremos. Hay que estar consciente de que habrá decisiones que nos llenarán de satisfacción y otras que nos obligarán a empezar de nuevo. Sin embargo, incluso los errores pueden convertirse en grandes maestros cuando tenemos la humildad de aprender de ellos.

Podemos pensar que la verdadera madurez no consista en elegir siempre el camino correcto. Tal vez consista en aceptar que ninguna decisión viene acompañada de garantías y que vivir implica asumir, con serenidad y responsabilidad, las consecuencias de aquello que libremente hemos decidido. La vida nunca nos prometió decisiones perfectas; nos ofreció algo mucho más valioso: la libertad de elegir y la posibilidad de construir, con cada decisión, la persona que llegaremos a ser.

¿CÓMO PODEMOS APRENDER A DECIDIR MEJOR?

Si toda decisión implica incertidumbre, renuncia y responsabilidad, surge una pregunta inevitable: ¿es posible aprender a decidir mejor? La respuesta es sí, aunque quizás no de la manera que imaginamos. Aprender a decidir no consiste en adivinar el futuro ni en evitar los errores. Consiste en desarrollar una forma más consciente de relacionarnos con nuestras elecciones.

Pensemos en un hombre que lleva años soñando con emprender un proyecto propio. Lee, estudia, hace cursos y espera el momento perfecto para comenzar. Siempre encuentra una razón para posponerlo: todavía no sabe lo suficiente, aún no tiene el dinero necesario o considera que las circunstancias no son las adecuadas. Sin darse cuenta, convierte la espera en un estilo de vida. El problema no es la prudencia, sino permitir que el miedo se disfrace de preparación.

El primer paso para decidir mejor consiste en preguntarnos desde dónde estamos decidiendo. No es lo mismo hacerlo desde el miedo que desde nuestros valores; desde la culpa que desde la responsabilidad; desde la necesidad de agradar que desde la fidelidad a quienes realmente somos. Las emociones intensas pueden nublar temporalmente nuestro juicio. Por eso conviene preguntarnos si estamos reaccionando a una emoción pasajera o respondiendo a una convicción profunda.

También es importante aprender a escuchar las señales sin convertirlas en órdenes. Una pérdida de paz, un conflicto que se repite o una persistente sensación de malestar pueden indicar que algo necesita ser revisado, pero no necesariamente que debamos actuar de inmediato. Las señales invitan a reflexionar; no sustituyen el pensamiento ni la responsabilidad de decidir.

Otro aprendizaje consiste en aceptar que toda elección implica una renuncia. Con frecuencia sufrimos porque queremos conservar todas las posibilidades abiertas, cuando la realidad nos obliga a dejar unas para abrazar otras. Madurar significa comprender que no podemos recorrer todos los caminos al mismo tiempo y que renunciar no siempre representa una pérdida; muchas veces es el precio necesario para crecer.

Antes de decidir conviene mirar un poco más lejos del momento presente. Una decisión responsable no solo se pregunta qué desea hoy, sino también si estará dispuesta a asumir sus consecuencias mañana. Esa sencilla reflexión cambia profundamente nuestra manera de elegir. Hay, además, una pregunta que merece acompañarnos siempre: ¿esta decisión me acerca o me aleja de la persona que deseo llegar a ser?

 Carl Rogers probablemente respondería que una buena decisión favorece nuestro crecimiento personal; Viktor Frankl añadiría que también debe acercarnos a una vida con sentido; y Erich Fromm nos recordaría que solo puede ser verdaderamente nuestra cuando nace del ejercicio responsable de la libertad y no del temor a ejercerla.

Decidir mejor no significa equivocarse menos. Significa aprender más de cada decisión. La experiencia no elimina la incertidumbre, pero sí nos ayuda a desarrollar una sabiduría que ningún libro puede enseñarnos. Cada acierto fortalece nuestra confianza y cada error, si somos capaces de reflexionar sobre él, amplía el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.

Quizá toda la sabiduría que podemos alcanzar al momento de decidir pueda resumirse en una sola idea:

“Las decisiones más sabias no son aquellas que nos prometen el mejor resultado. Son aquellas cuyas consecuencias estamos dispuestos a asumir con paz, responsabilidad y fidelidad a quienes realmente somos».

CONCLUSIONES DESDE “CAMINOS DEL BIENESTAR”

Todos, sin excepción, estamos llamados a elegir. Lo hacemos todos los días, incluso cuando creemos que no estamos decidiendo. Cada elección representa mucho más que escoger entre dos caminos. Es un acto de libertad, una búsqueda de sentido y una oportunidad para seguir construyendo nuestra personalidad.

Erich Fromm nos enseñó que la libertad puede producir angustia porque nos obliga a asumir la responsabilidad de nuestra vida. Viktor Frankl nos mostró que, incluso en medio de las crisis más profundas, siempre conservamos la libertad de decidir el significado que tendrá lo que vivimos. Carl Rogers nos recordó que cada decisión puede acercarnos o alejarnos de la persona que realmente podemos llegar a ser.

Tal vez esa sea una de las grandes enseñanzas de la psicología humanista: “no vivimos para tomar decisiones perfectas, sino para aprender a decidir con mayor conciencia”. Cada elección importante nos invita a vencer el miedo, encontrar un sentido y seguir desarrollando una personalidad más auténtica, más libre y más coherente con nuestros valores.

La vida nunca nos ofrecerá todas las garantías antes de elegir. Siempre existirá un margen de incertidumbre, porque esa es la naturaleza de la libertad. Sin embargo, cuando aprendemos a decidir desde nuestros valores, escuchamos las señales que la vida nos ofrece y aceptamos con serenidad las consecuencias de nuestras elecciones, descubrimos que incluso los errores pueden convertirse en oportunidades para crecer.

Al final, no son únicamente nuestras decisiones las que nos transforman. Es la responsabilidad con la que decidimos vivir sus consecuencias Porque la vida no nos define solo por lo que nos sucede, Nos define, sobre todo, por las decisiones que tomamos frente a aquello que nos sucede…  Y, quizás esa sea la forma más profunda de entender que elegir también es vivir.

Roberto Cura MS
Roberto Cura MS
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4 comentarios

  1. La posibilidad de elegir siempre existe, aunque muchos se escudan en la frase “no me queda más remedio “. Estoy muy de acuerdo con la perspectiva planteada sobre el tema. Pero mirar hacia dentro asusta. De ahí el miedo. El valor no se vende en el supermercado.

    • Muchas gracias por tu reflexión. Has señalado algo muy importante: muchas veces la frase «no me queda más remedio» expresa más una vivencia subjetiva que una ausencia real de alternativas. Mirar hacia dentro, reconocer nuestros miedos y asumir la responsabilidad de elegir no siempre es cómodo, pero suele ser el primer paso hacia una vida más auténtica. Y, como bien dices, el valor no se compra; se cultiva poco a poco, decisión tras decisión. Gracias por enriquecer la conversación con esta valiosa reflexión.

      • Excelente tema a debate. Muchas gracias profesor por aportar siempre tan valiosas contribuciones. Coincido con el criterio que aporta Patricia en relación a la frase «no me queda más remedio». El proceso de toma de decisiones de todo tipo es a su vez, un proceso de aprendizaje, que en la mayoría de los seres humanos ocurre por ensayo y error. No nos enseñan a tomar decisiones, a valorar alternativas, a tomar conciencia de quienes somos, y de como nos vamos construyendo y subjetivando a realidad. Siento que cada vez más la sociedad empuja a mirar hacia afuera y menos hacia adentro. Muchas interrogantes pendientes, la familia que nos recibe al nacer está preparada para enseñarnos a decidir?, los procesos de influencia de todo tipo que acontecer en nuestro devenir favorecen aprendizajes para saber decidir?, podrían ser tema de debate también

        • Muchas gracias, Annia, por tu valiosa reflexión. Coincido contigo en que aprender a decidir es, en gran medida, un proceso de aprendizaje que pocas veces se enseña de forma consciente. Con frecuencia aprendemos por experiencia, aciertos y errores, cuando sería deseable desarrollar desde temprano la capacidad de analizar alternativas, conocernos mejor y asumir con responsabilidad las consecuencias de nuestras decisiones. También comparto tu preocupación por una sociedad que, muchas veces, nos invita más a buscar respuestas afuera que a cultivar el diálogo con nosotros mismos. Las preguntas que planteas sobre el papel de la familia y de los procesos de influencia son, sin duda, fundamentales y merecen un espacio de análisis propio. Gracias por enriquecer el debate con una mirada tan profunda y estimulante.

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