DEL “PATATÚS” A GOOGLE
“Saber más no siempre nos deja más tranquilos”.
Autor: Roberto Cura, MS
¿Cómo hemos llegado a saber tanto sobre nuestra salud y, al mismo tiempo, a preocuparnos tanto por ella? La ansiedad por la salud puede ser una de las paradojas de nuestro tiempo: cuanto más buscamos sentirnos seguros, más difícil puede resultarnos encontrar tranquilidad.
Yo crecí en un pueblo pequeño. Y cuando digo pequeño no me refiero solamente al número de habitantes. Era pequeño también porque allí las distancias entre las personas parecían más cortas. Todo el mundo sabía de todo el mundo. Bastaba salir a la calle para enterarse de que Pedro Domínguez se había llevado a Margarita, la hija de Azucena y Florindo, o que a Catalina la habían sorprendido con Paco el Barbero en la oscuridad de la estación de ferrocarriles. Así circulaban los noviazgos, las separaciones, las peleas, los embarazos y hasta aquellas cosas que, supuestamente, nadie debía saber.
Y, por supuesto, también nos enterábamos de las muertes.
– ¿Supiste que murió el Nene?
La pregunta siguiente era inevitable:
– No me digas! ¿Y qué le pasó?
Ahí comenzaba la parte verdaderamente interesante, porque casi nadie sabía exactamente qué había ocurrido.
– Le dio un patatún —decía uno.
-Le dio una cosa —aseguraba otro.
Y cuando ni siquiera el patatún alcanzaba para explicar el asunto:
– No se sabe. Estaba bien y de pronto se jodió y “se fue del aire”.
Aquello parecía suficiente. Había muerto. La gente acompañaba a la familia, comentaba durante unos días lo sucedido y después la vida continuaba.
No quiero idealizar aquellos tiempos. Detrás de muchos de aquellos “patatunes” seguramente había infartos, accidentes cerebrovasculares, diabetes, hipertensión, cánceres y otras enfermedades que hoy podemos diagnosticar y tratar mucho mejor. Pero nosotros no lo sabíamos. Y tal vez por eso tampoco podíamos preocuparnos por todas ellas.

En aquel pueblo tampoco recuerdo que nadie hablara de “alimentos orgánicos”. Probablemente porque no necesitábamos la palabra. Cada familia tenía su lechero, que traía la leche directamente del ordeño. Quizás con un poquito más de agua de la que había salido de la vaca —porque tampoco vamos a convertir nuestra infancia en un documental romántico—, pero aquello era leche. Había un carnicero que decía conocer hasta la finca de donde provenía la res y un Sosa que vendía pollos y huevos criollos. Los tomates eran tomates, los huevos eran huevos y el pollo había sido pollo antes de terminar en la cazuela.
Y el arroz era arroz.
Hoy podemos detenernos frente a un estante y encontrar blanco, integral, basmati, jazmín y otras variedades. Quizás el médico nos recomendó uno, alguien nos habló maravillas de otro o acabamos de ver un video explicando por qué deberíamos sustituir el que llevamos comiendo media vida. Tener opciones y aprender a elegir mejor no tiene nada de malo. Lo curioso es cuánto conocimiento puede acompañarnos ahora para comprar un simple paquete de arroz.
Muchas de aquellas cosas que entonces comíamos porque eran, sencillamente, lo que había, hoy pueden ser naturales, orgánicas, libres de esto, sin aquello o enriquecidas con lo otro. Y muchas veces son muchísimo más caras. Uno mira un producto, mira el otro y finalmente mira el precio. Y decide. No siempre entre lo que considera mejor o peor; a veces, sencillamente, entre lo que quisiera comprar y lo que puede pagar.
Porque detrás del “carrito” hay una madre con tres hijos, un jubilado, una familia con ingresos limitados o alguien que trabaja doce horas y llega a casa sin tiempo para preparar la cena perfecta que acaba de ver en un video. Muchas veces la comida rápida termina resolviendo lo que las prisas de la vida no dejaron resolver de otra manera.
Nada de esto significa que aquellos tiempos fueran mejores. Sería absurdo añorar el desconocimiento. La medicina ha conseguido cosas extraordinarias. Hoy podemos descubrir enfermedades mucho antes, controlar condiciones que antes podían conducir rápidamente a la muerte y conocer aspectos de nuestro organismo que nuestros abuelos ni siquiera sabían que existían. Gracias a ese progreso, millones de personas viven más y mejor.

Pero la medicina también entró en nuestra conversación cotidiana. Hoy hablamos con naturalidad de diabetes, hipertensión, obesidad, infartos, colesterol o accidentes cerebrovasculares. Comentamos cuánto salió la glucosa, si bajaron los triglicéridos y hasta intercambiamos nombres de medicamentos.
– A mí me mandaron este.
– Yo tomo aquel.
– Pregúntale a tu médico por este otro, que a mí me ha ido muy bien.
Y a veces el “pregúntale al médico” ni siquiera llega.
Del “le dio un patatún” hemos pasado, en pocas generaciones, a intercambiar resultados, medicamentos, dietas y experiencias personales como parte de una conversación entre amigos. Sabemos muchísimo más, y saber nos permite actuar. Pero también nos permite preocuparnos por cosas que antes ni siquiera conocíamos.
ANSIEDAD POR LA SALUD: CUANDO SABER MAS NO NOS TRANQUILIZA
Nos hacemos unos análisis y, horas después, el teléfono anuncia que los resultados están disponibles. El médico todavía no ha llamado, pero nosotros ya podemos entrar.
Abrimos.
Glucosa: normal. Seguimos. Otro resultado: normal. Perfecto.
Y entonces aparece una H. High. O una L. Low.
No sabemos exactamente qué significa aquel valor dentro del conjunto de los análisis. Pero tenemos Google.
Copiamos el nombre y buscamos. Una explicación lleva a otra. Aparece una palabra desconocida y también la buscamos. Lo que probablemente necesitaba cinco minutos de conversación con el médico puede terminar ocupándonos toda una noche. Comenzamos queriendo comprender aquella H, pero en algún momento quizá ya no estamos buscando información. Estamos buscando que alguien nos asegure que todo está bien.
Cuando esa necesidad de comprobar, buscar y tranquilizarnos comienza a ocupar demasiado espacio, podemos acercarnos a lo que conocemos como ansiedad por la salud.
Al día siguiente, el médico mira el resultado y dice:
– No tiene importancia. Lo repetimos en unos meses.
Respiramos. Cerramos Google.
Pero esto es solo hasta que aparezca otra H, otra L, un dolor desconocido o una sensación extraña.
Con la comida puede ocurrir algo parecido. Primero dejamos el azúcar porque el médico nos lo recomendó. Después escuchamos que determinado alimento tampoco conviene. Más tarde aparece un video: “Los cinco alimentos que nunca deberías comer”. Uno, naturalmente, quiere saber cuáles son. No vaya a ser que llevemos veinte años desayunando el número tres. Poco después aparece otro: “Si tienes más de 50 años, elimina esto inmediatamente”. Y empezamos a mirar de manera diferente algo que hasta ayer estaba tranquilamente en nuestro plato.

Una decisión se suma a otra. Tal vez todas tengan alguna explicación. Pero un día podemos sentarnos frente a la comida y descubrir que ya no solamente estamos comiendo. Calculamos, recordamos advertencias, comparamos, dudamos. ¿Tendrá demasiada azúcar? ¿Y el sodio? ¿Será realmente orgánico? ¿Será libre de gluten? ¿Será kosher? Comer, que había sido una actividad cotidiana, empieza a parecerse un poco a un examen.
¿Sigo escogiendo aquello que considero bueno para mí o estoy empezando a escoger solamente aquello que no me da miedo?
Y ahí está también el aparato de presión. El médico recomienda controlarla y compramos uno. Todo marcha bien hasta que una mañana aparece un número más alto de lo esperado. Esperamos cinco minutos y repetimos. Ha bajado, pero todavía no nos gusta. Otra vez. Ahora está mejor. Respiramos y guardamos el aparato.
Media hora después pensamos:
– Déjame comprobar.
– Controlar la presión sigue siendo importante. La pregunta es otra:
¿Para qué necesitábamos aquella última medición?
Tal vez ahí podamos reconocer algo que también ocurre cuando buscamos un síntoma. Algo duele, aparece una mancha, nos mareamos o sentimos que el corazón late diferente. Buscamos. Encontramos una explicación y nos tranquilizamos.
Pero unas horas después volvemos.
No porque queramos encontrar una enfermedad. Todo lo contrario. Queremos asegurarnos de que no la tenemos.
Entonces, si aquello que encontramos consiguió tranquilizarnos, ¿por qué necesitamos buscarlo nuevamente?
Hace algún tiempo contaba la historia de un hombre que comenzó a sentir miedo de encontrarse mal lejos de un lugar donde pudiera recibir ayuda. Así que empezó a protegerse. Primero evitó algunas situaciones y después otras. Cada vez que decidía no ir sentía alivio.
Si no voy, no ocurre.
Si permanezco cerca, estoy más seguro.
Cada decisión, mirada por separado, parecía razonable. El problema solo se hizo visible cuando se juntaron todas.
Su territorio fue haciéndose cada vez más pequeño hasta que la casa terminó convirtiéndose en el único sitio donde se sentía protegido. Había conseguido mucha seguridad, pero también había pagado por ella.
Estaba vivo, pero había dejado de vivir.
La mayYa se puso azuloría de nosotros nunca llegará a encerrarse dentro de una casa. Pero aquella historia deja flotando una pregunta:
¿Solo existen casas para encerrarnos?
Quizás algunas no tengan paredes. Una puede construirse con alimentos que dejamos de comer; otra, con lugares a los que dejamos de ir; otra, con viajes que posponemos, síntomas que necesitamos comprobar o decisiones que aplazamos “por si acaso”. Cada una puede tener una explicación perfectamente razonable cuando la miramos por separado.
Pero si algún día las colocáramos todas juntas, ¿qué veríamos?
Vuelvo entonces a mi pueblo. Al lechero, al carnicero, a Sosa y sus pollos, a Margarita que se fue con Pedro Domínguez, a Catalina y Paco el Barbero, a Margot con sus rabietas y al pobre Nene, al que, según la explicación disponible, simplemente “le dio un patatún”.
No quisiera regresar a aquel desconocimiento. No quiero que el médico me diga: “Roberto, tienes una cosa”. Prefiero saber. Prefiero los análisis, la prevención, los tratamientos y que la medicina pueda descubrir algo a tiempo. El conocimiento nos ha dado posibilidades extraordinarias para proteger nuestra vida.
Tal vez el desafío esté en decidir qué hacemos con todo lo que ahora sabemos.
Y decidir no siempre significa hacer más. Tampoco hacer menos. Puede empezar por mirar qué lugar ocupa cada cosa en nuestra propia vida: aquello que hacemos porque nos cuida, lo que hacemos porque nuestro médico lo indicó, lo que elegimos porque nos hace sentir bien y también aquello que repetimos porque nos tranquiliza durante un rato.
Podemos mirar nuestros análisis, nuestro plato, nuestras búsquedas, el aparato de presión, los medicamentos, las cosas que hemos dejado de hacer y aquellas que posponemos “por si acaso”.
No para juzgarlas.
No para que alguien decida por nosotros.
Solo para verlas juntas.
Y entonces, tal vez, algunas preguntas empiecen a responderse casi solas.
¿Esto me cuida o me limita?
¿Lo elijo porque me hace bien o porque me hace sentir seguro?
¿Cuánto me protege?
¿Y cuánto me cuesta?
La decisión seguirá siendo nuestra.
Porque quizá no se trate de elegir entre cuidarnos o vivir, sino de descubrir cuándo ambas cosas caminan juntas… y cuándo empiezan a separarse.
¿Todo lo que hago para cuidar mi vida me está ayudando también a vivirla?
La respuesta no está en este artículo.
Pero quizá, a estas alturas, ya haya empezado a aparecer en quien lo está leyendo.
Reconocernos. Comprendernos. Decidir.
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