AGORAFOBIA; LA HISTORIA DE UN HOMBRE QUE, INTENTANDO PROTEGERSE DE LA MUERTE, TERMINÓ ALEJÁNDOSE DE LA VIDA
Autor: Roberto Cura, MS
“A veces, intentando protegernos de la vida, terminamos dejando de vivirla”.
Era un soleado día del verano de 2023 cuando llegué a casa de Julián para nuestra cuarta sesión de terapia. Afuera, el sol de Florida hacía sentir con fuerza su presencia; adentro, en cambio, parecía que la noche se hubiese adelantado varias horas. Las cortinas oscuras cubrían puertas y ventanas, y unas lámparas de bajo voltaje apenas proporcionaban la iluminación necesaria para moverse por la casa.
Julián tenía 49 años, estaba divorciado y llevaba una existencia cada vez más aislada. Recibía tratamiento por ansiedad, ataques de pánico y agorafobia, condiciones que habían ido imponiendo límites cada vez más estrechos a su vida. También padecía diabetes tipo 2, una enfermedad alrededor de la cual había desarrollado temores y conductas de control que terminarían ocupando un lugar importante en aquella sesión.
Para conocer más sobre la agorafobia y otros trastornos de ansiedad, puedes consultar la información del Instituto Nacional de la Salud Mental de Estados Unidos (NIMH).
Pero conocer sus diagnósticos decía mucho menos de Julián que observar cómo vivía.

Dormir, ducharse o escuchar inesperadamente el timbre de la puerta podían convertirse en experiencias angustiosas. Si necesitaba cortar el césped, esperaba hasta la medianoche. Para hacer sus compras en Publix prefería las primeras horas de la madrugada, cuando encontraba menos personas y podía regresar rápidamente a la seguridad de su hogar.
Poco a poco, casi sin advertirlo, había organizado su existencia alrededor de aquello que necesitaba evitar.
Julián estaba vivo, por supuesto. Pero su mundo se había ido haciendo cada vez más pequeño.
CUANDO EL MIEDO ORGANIZA LA VIDA
Durante aquella sesión procuré, como acostumbraba, ofrecerle un espacio donde pudiera expresar libremente sus preocupaciones. Conversamos durante un tiempo hasta llegar a un asunto que ocupaba buena parte de sus pensamientos: la diabetes.
Julián mantenía alrededor de la enfermedad una disciplina extraordinariamente rígida. Vigilaba su alimentación con severidad y se imponía privaciones y controles excesivos. Cuidarse había dejado de ser solamente una conducta saludable para convertirse también en una fuente de tensión. La enfermedad parecía acompañarlo no solo en lo que comía, sino también en la manera en que pensaba acerca de su futuro.
Detrás de aquel control aparecía nuevamente el miedo: a las complicaciones, al deterioro de su salud y, finalmente, a morir.

Intenté entonces llevar la conversación hacia otra perspectiva. La diabetes requería cuidados, desde luego, pero quizás existía una diferencia entre atender responsablemente una enfermedad y permitir que toda la vida comenzara a girar alrededor de ella.
—Tal vez lo más saludable para usted sea aprender a vivir con la enfermedad —le dije— y no convertirse en esclavo de ella.
Julián me miró con evidente desacuerdo.
—Doctor, ¿sabe usted acaso qué es la diabetes y de qué se trata?
La pregunta tenía un tono inquisitivo. Le respondí con tranquilidad:
—Supongo que sí. Y quizás la conozca un poco más de cerca porque yo también convivo con ella, como tantas otras personas.
Pensé que aquella información podría acercar nuestras posiciones. Ocurrió exactamente lo contrario.
Después de unos instantes me miró fijamente y preguntó:
—¿Sabía usted que está técnica y literalmente muerto?
RESULTA QUE “EL MUERTO” ERA YO
Guardé silencio por unos segundos, intentando comprender de dónde provenía semejante afirmación. Pronto advertí que Julián estaba utilizando como referencia las estadísticas de esperanza de vida en Estados Unidos. Según sus cálculos, yo ya había sobrepasado determinado promedio y estaba viviendo más allá del tiempo que estadísticamente me correspondía.
Pero había algo mucho más poderoso que cualquier discusión sobre estadísticas.
Frente a mí estaba sentado un hombre de 49 años que esperaba hasta la medianoche para cortar el césped, hacía sus compras cuando gran parte de la ciudad dormía, evitaba el sol y permanecía buena parte de sus días protegido detrás de unas cortinas oscuras. Y, precisamente, aquel hombre acababa de explicarme que el muerto era yo.

—Es cierto, Julián —le respondí—. Hace ya un tiempo que pasé esa estadística. A usted todavía le faltan aproximadamente veintidós años para alcanzarla. Pero existe una diferencia entre usted y yo.
Se quedó mirándome.
—Yo, que según su apreciación estoy técnica y literalmente muerto, continúo disfrutando de los dones de la vida. Viajo, tomo el sol, voy a la playa y disfruto muchas de las cosas que todavía puedo hacer. Usted, en cambio, aunque tiene 49 años y está biológicamente vivo, permanece dentro de estas cuatro paredes sin permitirse disfrutar siquiera de muchas de las pequeñas caricias que la vida todavía puede ofrecerle.
Esta vez fue Julián quien guardó silencio.
Su rostro comenzó a cambiar. También su postura y la manera en que me miraba. La resistencia que había mostrado durante la conversación fue cediendo y apareció una actitud más receptiva, como si por un momento pudiera observar desde afuera aquella existencia que durante tanto tiempo había considerado la única manera posible de sentirse seguro.
No recuerdo haberme detenido entonces a pensar a qué técnica psicoterapéutica podía atribuir exactamente mi respuesta. Una sesión de terapia no viene acompañada de un guion. Podemos prepararnos, conocer al paciente, dominar técnicas y establecer objetivos, pero nunca sabemos qué palabra, recuerdo o reacción puede modificar inesperadamente el rumbo de una conversación. En esos momentos también intervienen la experiencia, el conocimiento de la persona y, algunas veces, esa intuición clínica que permite encontrar una puerta donde hasta entonces parecía existir solamente una pared.
Aquella tarde, al menos, una puerta pareció abrirse.
LAS CUATRO PAREDES NO SIEMPRE SE VEN
Sería poco serio afirmar que aquella conversación hizo desaparecer los problemas de Julián. La agorafobia, los ataques de pánico y las conductas construidas durante años no se resuelven con una frase ni con una sesión. Pero algo importante ocurrió: comenzó a mirar de otra manera la relación que había establecido con sus temores y con su propia vida.
Con los años he regresado varias veces a aquella conversación. Quizás porque detrás de la singularidad de Julián existe algo profundamente humano.
No necesitamos padecer agorafobia ni cubrir las ventanas para construir nuestras propias cuatro paredes. A veces evitamos para no sufrir, intentamos controlarlo todo porque nos asusta la incertidumbre, permanecemos demasiado tiempo donde ya no somos felices o somos excesivamente duros con nosotros mismos porque alguna vez creímos que esa era la manera de protegernos, de no equivocarnos o de sentirnos seguros.
Sobre esta necesidad de sentirnos seguros, también reflexionamos en el artículo «Cuando el miedo comienza a vivir dentro del cuerpo».
Y quizás ahí la experiencia de Julián pueda servirnos para algo. No para decirnos qué debemos hacer, sino para invitarnos a mirar y pensar:
¿Hay algo de mí en esta historia?
Y, si lo hay:
¿Por qué hago esto? ¿Qué intento evitar, conservar o proteger?
Tal vez las respuestas nos permitan comprender cosas que durante mucho tiempo no habíamos entendido: por qué evitábamos, por qué necesitábamos controlarlo todo, por qué nos costaba decir que no o por qué nos tratábamos con tanta dureza.
Comprender no resuelve necesariamente un problema, pero puede cambiar el lugar desde el cual comenzamos a enfrentarlo.
Una conversación, una experiencia o un consejo pueden mostrarnos algo que hasta entonces no habíamos visto. Pero la ayuda externa alcanza quizás su mayor valor cuando despierta en nosotros la capacidad de ayudarnos a nosotros mismos.
RECONOCERNOS > COMPRENDERNOS > DECIDIR
Reconocernos en una experiencia. Comprender, hasta donde podamos, por qué actuamos de determinada manera. Y después decidir si necesitamos cambiar algo o si preferimos continuar por el mismo camino.
Eso fue, en cierta medida, lo que comenzó a ocurrir aquella tarde con Julián. Yo podía ofrecerle otra perspectiva, pero había algo que ningún terapeuta podía hacer por él: decidir qué hacer con aquello que acababa de descubrir.
Mientras afuera continuaba brillando un sol que Julián apenas se atrevía a mirar, comprendí que algunas prisiones pueden construirse precisamente mientras intentamos sentirnos seguros.
Las de Julián tenían cortinas oscuras y cuatro paredes.
Las nuestras, si existen, quizá tengan otra forma.
Roberto Cura, MS
Nota: El nombre utilizado en este artículo ha sido cambiado y algunos elementos identificativos han sido omitidos o modificados.






Gracias Robe ,siempre vuelvo a mi vida.
Desde el vientre vivimos rodeados de límites.
En la vida seguimos construyendo o derrumbando muros interiores.
A veces cierro ventanas, otras las abro; oscurezco o aclaro.
Cada gesto es autobondad, aunque tenga sus efectos secundarios:
son ensayos de nuevas acciones.
Lo importante es la conciencia y el fruto que traen en el caminar.
Mis paredes no son solo prisiones,
también son parte de mi proceso de sanación.Sanar es un proceso escarpado:
a veces bajo un nivel, luego subo dos.
Lo esencial es la conciencia de cada paso,
porque ella me muestra que cada tropiezo es aprendizaje.
Sanar no es destino, sino camino de autoconocimiento,
donde cada acción revela más de mí misma.🌿 .
Gracias, Martica, por compartir una reflexión tan personal. Es cierto que nuestras experiencias pueden convertir los límites en oportunidades de aprendizaje y crecimiento. Sin embargo, quisiera destacar una distinción importante: no todos los muros que construimos nos protegen; algunos terminan limitando nuestra libertad sin que siquiera lo advirtamos. Precisamente, ese es uno de los mensajes centrales del artículo: cómo, en nombre de la seguridad, podemos terminar renunciando a vivir plenamente. La conciencia es importante, como bien señalas, pero tomar conciencia no siempre basta; también es necesario atrevernos a cambiar aquello que nos limita. Te agradezco tu lectura y te invito a compartir estas reflexiones directamente en el blog. Allí pueden enriquecer el diálogo y ayudar a otros lectores a descubrir nuevas perspectivas.
Robe.
El comentario está ya en el blog.
Gracias
Te agradezco tu lectura y te invito a compartir estas reflexiones directamente en el blog. Allí pueden enriquecer el diálogo y ayudar a otros lectores a descubrir nuevas perspectivas.
Dr. Cura
Con esto de invitar a reflexionar a las personas desde una optica cientifica pero con un language claro ayudas a muchas personas.
Y tu personalmente logras no solo derribar cuatro paredes, si no las Murallas de Jerico.
Dr. Cura
Con esto de invitar a reflexionar a las personas desde una optica cientifica pero con un language claro ayudas a muchas personas.
Y tu personalmente logras no solo derribar cuatro paredes, si no las Murallas de Jerico.
Recibir estas palabras de alguien con tu trayectoria y sensibilidad profesional constituye para mí un reconocimiento muy especial. Te las agradezco sinceramente. Siempre he creído que el conocimiento alcanza su mayor valor cuando logramos acercarlo a las personas y convertirlo en una oportunidad para reflexionar sobre sus propias vidas. Y en cuanto a las murallas de Jericó, ¡ojalá podamos seguir derribando algunas! Especialmente aquellas que nosotros mismos levantamos sin darnos cuenta.
Un abrazo y mi gratitud por tus generosas palabras.