“El COVID puso a prueba nuestros cuerpos; lo que vino después sigue poniendo a prueba nuestra humanidad”
LO QUE EL COVID REVELO DE NOSOTROS… Y TODAVÍA NO HEMOS APRENDIDO
UN ACTO DE CATARSIS
Hay momentos en que nos descubrimos pensando: «Hay cosas que callamos durante años. Palabras que nunca dijimos. Rabias que aprendimos a disimular. Dolores que parecían olvidados… hasta que un día algo abre la caja.»
Mucha gente piensa que desahogarse siempre es saludable. Pero ¿y si desahogarnos no siempre nos ayuda?
Hace algunos años, en medio de la pandemia de COVID-19, escribí por primera vez estas reflexiones en Facebook (08/12/20) y, más tarde, las retomé en Caminos del Bienestar (10/16/25). El mundo parecía haberse detenido y, al mismo tiempo, algo dentro de nosotros comenzaba a desbordarse. No era solamente un virus lo que se propagaba. También salieron a la superficie nuestros miedos, prejuicios, resentimientos, fanatismos, egoísmos y profundas divisiones.
Fue entonces cuando la antigua metáfora de la Caja de Pandora adquirió para mí una inquietante actualidad.
¿POR QUÉ HABLAR DE ESTO NUEVAMENTE Y EN “CAMINOS DEL BIENESTAR?

Quizás alguien se pregunte qué hace una reflexión como esta en un espacio dedicado al bienestar. La respuesta es sencilla: el bienestar psicológico no ocurre aislado de la sociedad en que vivimos. Nuestra salud emocional también se construye —y a veces se deteriora— a partir de lo que escuchamos, de la incertidumbre que enfrentamos, de la manera en que nos relacionamos con quienes piensan diferente y de nuestra capacidad para distinguir entre información, manipulación y miedo.
Hablar de bienestar no significa hablar solamente de autoestima, ansiedad, relaciones o crecimiento personal. Significa también preguntarnos cómo protegemos nuestra mente y nuestra humanidad en medio de una sociedad cada vez más polarizada.
Por eso esta reflexión tiene un lugar en Caminos del Bienestar. Porque cuidar nuestra mente también implica aprender a convivir con el mundo que nos rodea sin permitir que sus conflictos terminen gobernándonos por dentro.
CUANDO NUESTRAS DEFENSAS COMIENZAN A CEDER
Anna Freud dedicó buena parte de su obra al estudio de los mecanismos de defensa: esos recursos psicológicos mediante los cuales intentamos manejar conflictos, angustias y experiencias que amenazan nuestro equilibrio emocional. Su padre, Sigmund Freud, había situado también el conflicto entre fuerzas conscientes e inconscientes en el centro de su concepción de la mente.
Hoy sabemos que muchas de aquellas formulaciones han sido revisadas, ampliadas o incluso cuestionadas por la psicología y la psiquiatría contemporáneas. Sin embargo, permanece una idea que continúa siendo útil: cuando las personas se sienten amenazadas, buscan mecanismos para protegerse psicológicamente. Y las sociedades, de alguna manera, también lo hacen.
La pandemia puso a prueba muchos de esos mecanismos. El miedo a enfermar, la muerte de seres queridos, el aislamiento, la pérdida del empleo, la incertidumbre económica y la ruptura de nuestras rutinas fueron debilitando aquella sensación de seguridad con la que acostumbrábamos a vivir.
Pero ocurrió algo más. La crisis sanitaria coincidió con una enorme crisis de confianza: políticos contradiciendo a científicos; científicos modificando recomendaciones a medida que aparecía nueva evidencia; ciudadanos enfrentándose entre sí; informaciones falsas circulando a enorme velocidad y redes sociales convertidas en escenarios permanentes de confrontación.
La Caja de Pandora se había abierto.
El COVID PASO. LO QUE REVELO PARECE PERMANENTE
Han transcurrido varios años desde aquellos días en que mirábamos diariamente las cifras de contagios y muertes.
Ya no vivimos confinados. Las mascarillas dejaron de formar parte habitual de nuestro paisaje. Los hospitales no ocupan cada noche los titulares y podemos nuevamente viajar, abrazarnos, reunirnos y realizar muchas de las actividades que entonces parecían imposibles. Pero sería un error pensar que todo terminó.
El COVID-19 dejó al descubierto algo mucho más profundo que nuestra vulnerabilidad biológica: reveló nuestra vulnerabilidad psicológica y social. Nos mostró cuán rápidamente el miedo puede convertirse en hostilidad; cómo una incertidumbre puede ser ocupada por una teoría conspirativa; cómo una diferencia de opinión puede transformarse en una enemistad y cómo una identidad política puede llegar a ser más importante que los hechos.
Algunas de aquellas heridas todavía permanecen abiertas.
UNA NUEVA EPIDEMIA: «LA INCAPACIDAD PARA ESCUCHARNOS«
Vivimos rodeados de información y, paradójicamente, cada vez resulta más difícil distinguir lo verdadero de lo falso.

Las redes sociales nos permiten conocer en segundos lo que ocurre al otro lado del planeta, pero sus algoritmos también pueden encerrarnos en espacios donde terminamos escuchando principalmente aquello que confirma lo que ya pensamos.
No buscamos siempre comprender; muchas veces buscamos confirmar; confirmar que nosotros tenemos razón, que los equivocados son los otros, que los buenos están de nuestro lado y los malos en el contrario.
Izquierda contra derecha. Conservadores contra liberales. Creyentes contra no creyentes. Inmigrantes contra nacionales. Una generación contra otra.
Cambian los nombres y las circunstancias, pero permanece el mismo peligro: convertir al diferente en enemigo. Cuando una sociedad deja de discutir ideas para comenzar a descalificar personas, algo esencial empieza a deteriorarse.
MI DECLARACIÓN SIGUE SIENDO LA MISMA
Quizás por haber nacido cubano aprendí muy temprano que, antes de expresar determinadas ideas, parecía prudente hacer una declaración de principios. Hoy continúo haciéndola, aunque por razones diferentes.
No necesito que nadie piense como yo; no profeso obediencia intelectual a ningún partido, líder o ideología. Hace mucho tiempo aprendí que ningún dirigente es un dios, ningún partido posee toda la verdad y ninguna doctrina tiene respuestas para todos los problemas humanos. Por eso, yo prefiero seguir ideas antes que hombres.
Puedo encontrar una buena idea en alguien con quien discrepo profundamente y una idea equivocada en alguien a quien admiro.
Soy creyente, pero no necesito imponer mi manera de creer. Respeto las religiones y también el derecho de quien no profesa ninguna. No me interesan las consignas que sustituyen al pensamiento.
Si tuviera que definirme, seguiría utilizando dos palabras que me han acompañado durante muchos años: pragmático y ecléctico.
He dedicado gran parte de mi vida al magisterio, la psicología, la psicoterapia y la consejería. Ese contacto permanente con seres humanos me ha enseñado algo que considero mucho más importante que cualquier ideología: detrás de cada opinión existe una persona. Una persona con una historia, temores, pérdidas, contradicciones y esperanzas.
CUANDO LAS CIFRAS DEJAN DE TENER ROSTRO
Durante la pandemia nos acostumbramos peligrosamente a escuchar cifras: miles de infectados, miles de hospitalizados, miles de muertos. Los números crecían tanto que podían terminar anestesiándonos.
Pero detrás de cada cifra había alguien: una madre, un padre, un hijo, un abuelo o un amigo. Y detrás de cada persona enferma o fallecida había otras personas sufriendo.
Aquella experiencia debería habernos dejado una enseñanza que no podemos permitirnos olvidar: cuando convertimos el sufrimiento humano en una estadística, comenzamos a perder una parte de nuestra humanidad.
Hoy las cifras son otras: muertos en guerras, migrantes desaparecidos, víctimas de violencia, personas desplazadas, niños que padecen hambre. Seres humanos que sufren mientras nosotros discutimos quién tiene la culpa.
Cambian las estadísticas, pero el peligro de acostumbrarnos a ellas permanece.
LA POLÍTICA NO DEBERÍA SUSTITUIR LA REALIDAD
Una de las cosas que más me perturbó durante la pandemia fue observar cómo un problema esencialmente sanitario terminó convertido, demasiadas veces, en una batalla política.
Las decisiones de salud pública pueden y deben discutirse. La ciencia también se cuestiona; precisamente por eso progresa. Los gobiernos deben rendir cuentas y los ciudadanos tenemos derecho a exigir explicaciones.
Pero existe una enorme diferencia entre cuestionar críticamente y negar aquello que no coincide con nuestras preferencias.
Ese problema no desapareció con el COVID. Lo vemos cuando una noticia se considera verdadera o falsa dependiendo de quién la publique; cuando compartimos una información sin verificarla porque favorece nuestras creencias; cuando defendemos a «los nuestros» por comportamientos que condenaríamos inmediatamente si procedieran de «los otros».
Entonces ya no estamos buscando la verdad; estamos buscando ganar… y, una sociedad en la que todos quieren ganar, pero pocos están dispuestos a escuchar, corre el riesgo de que finalmente todos terminemos perdiendo.
¿QUE SALIÓ REALMENTE DE AQUELLA CAJA DE PANDORA?
Tal vez el COVID no creó todo aquello. Tal vez, simplemente lo hizo visible.
La intolerancia ya existía.
La desigualdad ya existía.
La manipulación política ya existía.
Las teorías conspirativas ya existían.
La necesidad humana de encontrar culpables ya existía.
Las redes sociales no inventaron el prejuicio ni el fanatismo, pero les proporcionaron una velocidad y una capacidad de propagación que ninguna sociedad anterior había conocido.

Hoy, una falsedad puede recorrer el planeta antes de que alguien haya tenido tiempo de comprobarla. Una frase fuera de contexto puede destruir una reputación. Una imagen manipulada puede provocar indignación colectiva. Y ahora, además, vivimos en una época en la que la inteligencia artificial puede generar textos, voces, fotografías y videos cada vez más difíciles de distinguir de la realidad.
Por eso quizás nunca haya sido tan necesario aprender algo aparentemente sencillo: detenernos antes de creer, compartir, condenar o atacar.
DESAHOGARSE NO SIEMPRE SIGNIFICA SANAR
Aquí aparece una distinción importante. Expresar lo que sentimos puede aliviar, pero aliviar no siempre significa sanar.
Hablar, llorar, protestar o exteriorizar la rabia puede disminuir momentáneamente la tensión acumulada. Sin embargo, cuando esa descarga se convierte en repetición constante, sin reflexión ni elaboración, corremos el riesgo de permanecer atrapados en la misma emoción que intentamos liberar.
La verdadera utilidad de la catarsis no está solamente en sacar lo que llevamos dentro, sino en comprender qué significa aquello que ha salido. Después del desahogo debería existir un segundo momento: reconocer la emoción, preguntarnos de dónde viene, qué nos está diciendo y qué podemos hacer con ella.
No se trata únicamente de abrir la caja, sino de atrevernos a mirar lo que había dentro.
MI CATARSIS CONTINÚA
Cuando escribí originalmente aquellas líneas necesitaba descargar una angustia acumulada durante meses. Era, en cierto modo, mi propia catarsis. Hoy mi preocupación es diferente.
Hoy, no temo solamente a los virus capaces de enfermar nuestro cuerpo. Me preocupan también aquellas ideas que pueden infectar nuestra convivencia: el fanatismo, la intolerancia, la mentira deliberada, la deshumanización del adversario y la incapacidad para aceptar que podemos estar equivocados.
Ninguna democracia, ninguna comunidad y ninguna familia puede sobrevivir saludablemente si desaparece la posibilidad de escucharnos. Podemos pensar diferente y debemos pensar diferente. El problema surge cuando dejamos de reconocer la humanidad de quien piensa distinto.
TODAVÍA QUEDA ALGO DENTRO DE LA CAJA DE PANDORA
El mito de Pandora contiene un detalle que muchas veces olvidamos. Después de que todos los males escaparon de la caja, algo permaneció dentro: la esperanza.

Quizás esa sea también nuestra oportunidad.
La pandemia nos recordó que somos vulnerables. Pero también demostró que podemos cooperar, investigar, cuidar, crear soluciones y acompañarnos incluso en circunstancias extraordinariamente difíciles.
Cerrar la Caja de Pandora no significa intentar encerrar nuevamente nuestros miedos y contradicciones. Tal vez signifique aprender a convivir con ellos sin permitir que gobiernen nuestras decisiones.
Pensar antes de reaccionar.
Preguntar antes de acusar.
Comprobar antes de compartir.
Escuchar antes de condenar.
Y…, sobre todo, recordar que detrás de cada ideología, cada voto, cada opinión y cada desacuerdo existe un ser humano.
Hoy sigo creyendo profundamente en la vida. No tenemos otra. Tampoco tenemos, hasta donde sabemos, otra «nave espacial» donde vivir.
Por eso, quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos permanentemente quién tiene la razón y comenzar a hacernos una pregunta mucho más difícil: ¿Qué clase de sociedad queremos dejar después de haber sobrevivido juntos a una experiencia que nos recordó lo frágiles que somos?
Si usted llegó hasta aquí, entonces aquella aspiración con la que comencé estas líneas se ha cumplido. Esto para mí sigue siendo un logro de cinco estrellas.
CONCLUSIONES DESDE “CAMINOS DEL BIENESTAR”
La Caja de Pandora probablemente nunca pueda cerrarse por completo. Siempre existirán el miedo, la incertidumbre, los prejuicios, las diferencias y los conflictos. El verdadero desafío no consiste en imaginar una sociedad sin ellos, sino en impedir que terminen gobernando nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos.
Desde «Caminos del Bienestar« defendemos una idea sencilla: el bienestar individual también necesita de un bienestar compartido. Cuidar nuestra salud emocional implica aprender a pensar con criterio propio, cuestionar sin agredir, escuchar sin someternos, discrepar sin convertir al otro en enemigo y reconocer cuándo nuestros propios prejuicios comienzan a decidir por nosotros.
Quizás todos llevemos dentro nuestra propia Caja de Pandora: palabras que nunca dijimos, heridas que creíamos olvidadas, rabias, temores y emociones que aprendimos a guardar. Abrirla puede ser necesario, pero no siempre es suficiente.
La catarsis puede ofrecernos alivio y ayudarnos a liberar parte de aquello que durante demasiado tiempo permaneció contenido. Pero, el verdadero camino hacia el bienestar comienza cuando somos capaces de comprender, elaborar y transformar lo que hemos liberado.
Sanar no consiste en mantener cerrada para siempre nuestra Caja de Pandora, ni tampoco en vaciarla de golpe. Consiste en aprender a mirar, comprender y colocar en su sitio aquello que durante demasiado tiempo llevamos dentro. Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía podemos rescatar de la pandemia: no basta con sobrevivir juntos; necesitamos aprender a convivir mejor.
A lo mejor entonces podamos comprender también el mensaje final del antiguo mito: después de que todo salió de la Caja de Pandora, en el fondo todavía permanecía la esperanza.






Pienso que identificar la emoción que nos causa una expresión, acción etc es uno de los retos más importantes que afronta el ser humano. Coincido con el autor en su hipótesis acerca del efecto social de la pandemia. Simplemente develó lo que ya estaba. Pero me pregunto: nos convirtió en mejores seres humanos? Pienso que no
Patricia, gracias por una reflexión tan lúcida. Coincido contigo en que identificar lo que sentimos y comprender qué lo desencadena es uno de los grandes retos del autoconocimiento. La pandemia, más que transformarnos, quizás actuó como una especie de espejo: hizo visibles fragilidades, desigualdades, miedos y formas de relacionarnos que ya estaban presentes. Tu pregunta —¿nos convirtió en mejores seres humanos?— es especialmente importante. Probablemente no de manera colectiva. Pero sí nos dejó una oportunidad: aprender de lo vivido y decidir qué hacemos con aquello que quedó al descubierto. Las crisis no necesariamente nos hacen mejores; lo que puede hacernos mejores es la forma en que elaboramos y transformamos lo que aprendemos de ellas. Gracias, Patricia, por enriquecer el tema y abrir una pregunta que merece seguir pensándose.
En los años pasados de ese trite virus el covib además de las pérdidas de ancianos ,jóvenes y hasta niños el miedo en algunas personas unas mostrando su amor y solidaridad ante un contageado ,otros guardando medicamentos por si les pasaba ,nos dejó una enseñanza profesor que debemos ser más caritativos y amar al prójimo , después de años y con otros que han llegado que no debemos tener miedo solo aprender a cuidarnos y tomar las medidas para afrontar cualquier situación por dura que sea , debemos ser más solidarios , aveces e pensado que en esos años se volvieron hasta egoístas las personas , se niegan ayudar a un enfermo y dar un medicamento pensando que lo tendrán que usar , vi muchas vivencias crueles también , pienso que ya no somos como antes de esa faltal pandemia que nos lleno de miedos y a muchas personas de solidaridad , y de no pensar que todos estábamos expuesto a enfermar , gracias por tan bonita publicación ..
Gladys, muchas gracias por compartir una reflexión tan humana y, sobre todo, nacida de lo que pudimos observar y vivir durante aquellos años. Como bien señalas, la pandemia puso frente a nosotros dos caras del ser humano: la solidaridad y el egoísmo, la capacidad de cuidar al otro y el miedo que, en ocasiones, nos llevó a pensar solamente en nosotros mismos. Quizás una de sus mayores enseñanzas sea precisamente esa que mencionas: no podemos evitar todas las situaciones difíciles, pero sí podemos aprender a enfrentarlas con responsabilidad, sin permitir que el miedo nos haga perder la sensibilidad hacia quienes nos rodean. Cuidarnos y cuidar al otro no son actitudes opuestas; forman parte de una misma responsabilidad humana. Gracias, Gladys, por compartir tus vivencias y por recordarnos que la solidaridad también es un camino hacia el bienestar.
Todos tenemos una caja de Pandora en el corazón. Podemos abrirla con muchas llaves, pero la más importante es la del respeto. Con ella reconocemos nuestra fragilidad y la de los demás, y así el bienestar psicológico deja de ser aislado para convertirse en fuerza colectiva. La COVID nos mostró tanto, y aunque ya queda como recuerdo, las cajas siguen siendo un regalo: la oportunidad diaria de limpiar el corazón y abrazar la esperanza.
Gracias Robe por tus reflexiones
Rosal, qué hermosa manera de ampliar la metáfora de la Caja de Pandora. Me quedo especialmente con esa llave del respeto, porque reconocer nuestra propia fragilidad y respetar la de los demás es también una forma de cuidarnos colectivamente. El COVID abrió muchas cajas: algunas dejaron salir miedo, dolor y soledad; otras, solidaridad, aprendizaje y esperanza. Como bien dices, aquellas circunstancias quedaron atrás, pero nuestras cajas siguen ahí, recordándonos que siempre podemos elegir qué conservar, qué sanar y qué transformar. Gracias, Rosal, por enriquecer esta reflexión con tanta sensibilidad. Un abrazo.