¿Y cuando me toca vivir a mi?

ENTRE LA ENTREGA A LOS DEMAS Y EL DERECHO A MI PROPIA VIDA

Roberto Cura, MS

“Quien nos dio una parte de su vida no nos entregó el derecho sobre el resto de ella.”

UNA REFLEXIÓN QUE ME DEJÓ PENSANDO

Mientras damos, todo parece estar bien. El problema puede aparecer cuando un día decimos: «hasta aquí».

A propósito de mi artículo “Las gafas invisibles de la mente”, una lectora habitual compartió conmigo una reflexión que me dejó pensando. Con evidente emoción reconocía que su entrega desmedida había terminado convirtiéndola, ante los ojos de muchas personas, en una fuente aparentemente inagotable de afecto, ayuda y disponibilidad. Cuando comenzó a poner límites, descubrió algo doloroso: algunos parecían reaccionar menos ante todo lo que ella había dado que ante aquello que ya no estaban recibiendo.

Sus palabras me llevaron a pensar en una realidad que muchas veces pasa inadvertida: la generosidad no siempre construye reciprocidad. Hay personas que hacen de la entrega, la disponibilidad y el cuidado de los demás una manera habitual de relacionarse. Dan porque así sienten, porque así aman y porque ayudar forma parte de sus valores. Sin embargo, cuando esa entrega se prolonga sin límites, puede producirse una transformación casi imperceptible: quienes reciben terminan acostumbrándose a ella, y lo que alguna vez fue un gesto generoso comienza a percibirse como algo esperado

Entonces, cuando quien siempre dio necesita recibir, puede descubrir que la reciprocidad que suponía natural nunca llegó a construirse.

Pero aquella reflexión también me llevó en otra dirección: ¿qué ocurre con quien da demasiado?

Recordé entonces a una mujer nonagenaria que durante gran parte de su vida se había entregado generosamente a su familia. Crió a sus hijos sin escatimar esfuerzos, ayudó a nietos y sobrinos e incluso contribuyó a que algunos pudieran realizar estudios universitarios. Había dado tiempo, recursos, cuidados y afecto.

Hoy vive gran parte de sus días sola y profundamente triste.

Hace poco me llamó por teléfono. Su voz, habitualmente serena, sonaba esta vez como un grito nacido de una profunda soledad. Cuando le pregunté qué podía hacer por ella, me respondió con palabras que todavía me estremecen: «Amigo, acudo a ti porque ya no aguanto más…»

Aquella conversación volvió a enfrentarme con una realidad incómoda: haber dado mucho no garantiza recibir mucho. Amar profundamente no obliga a los demás a amarnos de la misma manera.

Quizás parte de nuestro sufrimiento comienza precisamente ahí: cuando, sin darnos cuenta, convertimos nuestra manera de amar, ayudar y entregarnos en la medida con la que esperamos que los demás actúen.

No siempre sufrimos porque los demás sean malos o indiferentes. A veces sufrimos porque esperamos que sean como nosotros… y esa expectativa puede convertirse en una de las formas más silenciosas del dolor.

CUANDO EL REGALO SE CONVIERTE EN COSTUMBRE

Hay gestos que al principio conmueven. Una ayuda inesperada, una mano tendida en un momento difícil, alguien que sacrifica su tiempo para acompañarnos o que comparte con nosotros lo que tiene. Lo recibimos con agradecimiento porque reconocemos su carácter extraordinario.

Pero ¿qué ocurre cuando esa ayuda deja de ser ocasional y se repite durante años?

El ser humano posee una enorme capacidad de adaptación. Nos acostumbramos a muchas de las cosas que forman parte estable de nuestra vida, incluso a aquellas que inicialmente considerábamos excepcionales. Algo semejante puede ocurrir en nuestras relaciones.

La madre que siempre resuelve. El padre que siempre ayuda económicamente. La abuela que siempre cuida. El hermano que siempre está disponible. El amigo que siempre escucha.

Poco a poco puede producirse una transformación casi imperceptible: el favor se repite, la repetición crea costumbre, la costumbre genera expectativa y la expectativa puede terminar convirtiéndose en demanda.

No necesariamente hay mala intención en ese proceso. Muchas veces se trata simplemente de habituación: aquello que permanece disponible durante mucho tiempo termina formando parte del paisaje cotidiano. El problema comienza cuando dejamos de reconocer que detrás de esa disponibilidad existe una persona que decide, se esfuerza, se cansa y también tiene necesidades.

Lo que ayer recibíamos con un “gracias” hoy podemos comenzar a esperarlo como algo normal. Y mañana, si deja de llegar, quizá reaccionemos no ante todo lo que recibimos durante años, sino ante aquello que ahora nos falta.

Lo que alguna vez fue un regalo puede terminar percibiéndose como un derecho.

CUANDO OLVIDAMOS A QUIEN NOS AYUDÓ

Pero acostumbrarse a recibir no es exactamente lo mismo que olvidar lo recibido.

Aquí aparece una dimensión diferente y, quizá, todavía más dolorosa: la pérdida de la memoria afectiva.

No me refiero a llevar una contabilidad emocional en la que cada favor quede registrado para reclamarlo algún día. La bondad auténtica no debería funcionar como un préstamo con intereses.

Tampoco creo que un hijo deba vivir eternamente endeudado porque sus padres lo criaron, ni que un nieto tenga que hipotecar su futuro porque sus abuelos lo ayudaron, ni que una amistad deba convertirse en una obligación perpetua porque alguna vez uno sostuvo al otro.

Pero entre vivir endeudados y olvidar a quienes estuvieron cuando los necesitamos existe una enorme distancia. La gratitud no exige devolver exactamente lo recibido. A veces consiste simplemente en recordar.

Recordar quién estuvo cuando las cosas iban mal. Quién sacrificó tiempo. Quién abrió una puerta. Quién compartió lo poco o mucho que tenía. Quién escuchó cuando nadie quería escuchar. Quién ayudó a levantarnos cuando todavía no podíamos hacerlo solos.

Por eso, agradecer no significa vivir endeudado; significa conservar memoria afectiva.

Quizás una de las experiencias más dolorosas para quien ha dado durante muchos años sea descubrir que algunos recuerdan perfectamente lo que todavía necesitan de él, pero parecen haber olvidado todo lo que ya recibieron.

CUANDO DEJAMOS DE VER A LA PERSONA Y SOLO VEMOS LO QUE NOS DA

La costumbre puede conducirnos todavía más lejos: podemos acostumbrarnos tanto a la función que alguien desempeña en nuestra vida que terminemos olvidando a la persona que existe detrás de esa función.

“Mamá resuelve”. “Papá paga”. “La abuela cuida”. “Mi hermano me ayuda”. “Mi amigo siempre está”. Esas frases aparentemente inocentes pueden esconder una transformación importante.

Dejamos de preguntarnos: “¿Cómo está mamá?” y solamente pensamos: “¿Puede mamá ayudarme?”. Dejamos de preguntarnos: “¿Qué necesita mi padre?” y pensamos: “¿Qué puede hacer todavía mi padre por mí?”.

Dejamos de preguntarnos si la abuela está cansada, si tiene otros deseos, si quiere viajar, descansar, encontrarse con sus amistades o simplemente disponer de una tarde para ella, porque hemos incorporado a nuestra vida la idea de que “la abuela cuida a los nietos”.

A veces dejamos de ver a quien nos ayuda como una persona y comenzamos a verlo como un recurso.

Cuando eso ocurre, la relación pierde algo esencial. Porque quien siempre sostiene también se cansa; quien escucha también necesita ser escuchado; quien cuida también necesita cuidados… y quien durante años vivió pendiente de las necesidades de los demás también conserva el derecho a preguntarse qué quiere hacer con su propia vida.

¿HASTA CUÁNDO SE PUEDE SEGUIR “EXTRAYENDO EL ZUMO”?

Permítanme utilizar una expresión deliberadamente coloquial: hay personas a las que parece que queremos extraerles hasta la última gota de zumo.

Mientras puedan ayudar, que ayuden; mientras puedan pagar, que paguen; mientras puedan cuidar, que cuiden; mientras puedan resolver, que resuelvan. Mientras tengan algo que ofrecer, seguimos esperando que lo ofrezcan.

Pero llega un momento en que conviene invertir la pregunta: ¿Hasta cuándo tenemos derecho a seguir pidiéndoles? Existe otra todavía más importante: Aunque puedan seguir dando, ¿están obligados a hacerlo?

No siempre. Poder seguir dando no significa tener la obligación de seguir dando.

Una madre puede disponer de recursos económicos y tener derecho a utilizarlos para disfrutar sus años. Un abuelo puede amar profundamente a sus nietos y no querer convertirse permanentemente en su cuidador. Una persona puede haber ayudado a sus hijos durante décadas y decidir que ha llegado el momento de utilizar su dinero, su tiempo y sus energías para sí misma.

¿Por qué habría que interpretar esa decisión como egoísmo?

No toda petición es egoísta ni toda dependencia nace del abuso. Hay circunstancias familiares en las que ayudarnos unos a otros constituye una necesidad y también una expresión legítima de solidaridad. Pero la situación cambia cuando las necesidades de uno se convierten sistemáticamente en obligaciones para otro y dejamos de preguntarnos qué costo tienen para quien las satisface.

Entonces sí puede aparecer una forma silenciosa de egoísmo: exigir que quien nos ayudó durante años continúe organizando su existencia alrededor de nuestras necesidades.

Quien nos ayudó a construir nuestra vida también conserva el derecho a vivir la suya.

“DESPUÉS DE TODO LO QUE HICE POR TI…”

Pero sería injusto mirar este problema desde una sola dirección.

Quien da también puede caer en una trampa. Es aquella frase que alguna vez hemos dicho o pensado: “Después de todo lo que hice por ti…”

Detrás de ella existe frecuentemente una expectativa: suponemos que la otra persona responderá como nosotros responderíamos.

Yo habría estado allí. Yo no habría olvidado. Yo habría llamado. Yo habría ayudado. Yo jamás le habría hecho eso.

Posiblemente sea cierto. Pero ahí aparece una de las grandes dificultades de nuestras relaciones: esperamos que los demás sean como nosotros.

Nuestra forma de amar se convierte en la medida con la que evaluamos el amor ajeno. Nuestra manera de agradecer se convierte en la medida de la gratitud del otro. Nuestra disposición al sacrificio se convierte en la conducta que esperamos de quienes amamos. Y cuando eso no ocurre, sufrimos.

Esto no significa justificar la ingratitud, el abandono o el egoísmo. Hay conductas que merecen ser llamadas por su nombre.

Pero también necesitamos reconocer algo igualmente incómodo: haber dado voluntariamente no crea un contrato silencioso que obligue al otro a responder exactamente como nosotros lo haríamos.

Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Cuánto de nuestro dolor procede de lo que los demás hacen y cuánto de aquello que esperábamos que hicieran?

LOS LÍMITES QUE NUNCA PUSIMOS

Llegado aquí la mirada tiene que regresar también hacia nosotros. Hay personas que pasan años diciendo sí cuando en realidad deseaban decir no; ayudan estando agotadas, prestan aquello que ellas mismas necesitan y cancelan sus propios planes. Posponen sus proyectos y resuelven problemas que los demás bien podrían aprender a solucionar por sí mismos, mientras acumulan un desgaste silencioso y esperan, muchas veces, que algún día los otros se den cuenta espontáneamente de cuánto han sacrificado.

Pero los demás no siempre lo saben y, en ocasiones, nosotros tampoco se lo hemos dicho.

Los demás tienen la responsabilidad de respetar nuestros límites, pero nosotros tenemos la responsabilidad de aprender a establecerlos.

Aquí aparece una dificultad importante: cuando durante años hemos estado siempre disponibles, un límite tardío puede sorprender, incomodar e incluso molestar a quienes aprendieron a relacionarse con nosotros como si ese límite no existiera.

Comprenderlo no significa justificar sus exigencias. Significa reconocer algo más complejo: las dinámicas relacionales también se aprenden, y a veces nosotros mismos, sin proponérnoslo, contribuimos a enseñar a los demás que siempre estaremos disponibles.

Por eso, poner límites no debería ser únicamente la reacción desesperada de quien ya no puede más. Debería formar parte de una manera saludable de relacionarnos.

Decir «no puedo» no siempre significa falta de amor. Negarnos a resolver la vida del otro puede ayudarlo a crecer. Decir «necesito tiempo para mí» tampoco implica abandonar a nadie.

A veces, decir «hasta aquí puedo ayudarte» es precisamente lo que permite continuar queriendo sin destruirnos en el proceso.

CUANDO SIEMPRE DEJAMOS NUESTRA VIDA PARA DESPUÉS

¿Cuándo me toca vivir a mí?

Quizás sea precisamente esta pregunta sobre los límites la que nos conduce hacia otra mucho más profunda.

Hay personas que pasan gran parte de su existencia viviendo para otros. Primero los hijos; después, los nietos. Luego, los padres que envejecen. Más tarde, algún hermano. Después aparece otra necesidad familiar, y siempre existe alguien que necesita algo.

Mientras tanto, la persona va quedando para después: uno mismo. Postergamos aquel viaje, aquella afición, aquellos amigos, aquel proyecto, el descanso, el tiempo propio. Incluso el derecho de no hacer absolutamente nada durante una tarde sin sentirnos culpables.

Pueden transcurrir tantos años viviendo de esa manera que un día aparezca una pregunta dolorosa: ¿Cuándo me toca vivir a mí?

Para comprender la profundidad de esa pregunta quizá tengamos que detenernos antes en otra realidad que casi nunca pensamos: el hecho extraordinario de estar aquí.

LA EXTRAORDINARIA CASUALIDAD DE ESTAR AQUÍ

Pensemos por un momento en algo que casi siempre damos por sentado: el extraordinario hecho de estar aquí.

Para que cada uno de nosotros llegara a existir tuvieron que coincidir innumerables circunstancias: nuestros padres tuvieron que encontrarse, determinados acontecimientos debieron ocurrir en momentos concretos y, entre una inmensa cantidad de posibilidades, tuvo que surgir precisamente esa combinación que finalmente hizo posible nuestra existencia.

Bastaba con que una sola pieza de esa larga cadena hubiera sido diferente para que quien hoy lee estas palabras quizá nunca hubiera estado aquí.

Podemos interpretar nuestra existencia desde la ciencia, la fe, la filosofía o nuestras convicciones personales. No necesitamos decidir si fue casualidad, destino, naturaleza o voluntad divina para reconocer algo esencial: nuestra vida es única e irrepetible.

Y precisamente por eso vale la pena preguntarnos qué estamos haciendo con ella.

Ayudar es humano. Cuidar es humano. Amar es humano. Sacrificarnos en determinados momentos por quienes amamos puede constituir una de las expresiones más hermosas de nuestra condición humana.

Pero amar a los demás no debería exigir desaparecer de nuestra propia vida.

Si durante años hemos cuidado, acompañado, ayudado y vivido pendientes de las necesidades de quienes amamos, también tenemos derecho a detenernos alguna vez y preguntarnos:

¿Cuánto de la vida que me queda quiero seguir entregando a los demás y cuánto necesito comenzar a vivir también para mí?

La oportunidad extraordinaria de existir no pertenece solamente a quienes amamos. También es nuestra. Tal vez, reconocerlo no sea egoísmo; quizá sea simplemente comprender que, además de ayudar a otros a vivir sus vidas, nosotros también tenemos una vida que merece ser vivida.

PONER LÍMITES NO SIGNIFICA DEJAR DE SER BUENO

Después de una decepción resulta comprensible que alguien llegue a una conclusión extrema: “No vuelvo a ayudar a nadie”, “Mientras más bueno eres, peor te pagan” o “Tengo que dejar de dar”.

Pero sería triste que la ingratitud de algunas personas consiguiera destruir una de nuestras mejores cualidades.

El problema no es ser bueno.

El problema aparece cuando confundimos la bondad con una disponibilidad ilimitada; cuando comenzamos a entregar aquello que también necesitamos para nosotros mismos; cuando aceptamos como obligación lo que originalmente elegimos hacer por amor; o cuando permitimos que nuestra generosidad se transforme en una exigencia permanente.

También aparece cuando damos esperando silenciosamente una reciprocidad que nunca fue expresada.

Por eso, no necesitamos aprender a querer menos. Necesitamos aprender a querer sin desaparecer nosotros mismos en el proceso.

TAMBIÉN DEBEMOS MIRARNOS DESDE EL OTRO LADO

Hasta ahora resulta relativamente fácil identificarnos con quien dio mucho y recibió poco. Pero quisiera proponer algo más difícil: por unos instantes, cambiemos de silla.

¿Alguna vez nosotros hemos sido quienes recibieron demasiado?

¿Hay alguien cuya generosidad hemos comenzado a considerar normal?

¿Existe una madre, un padre, un abuelo, un hermano, una pareja o un amigo a quien buscamos principalmente cuando necesitamos algo?

¿Nos hemos acostumbrado tanto a que alguien esté disponible que nos molesta cuando comienza a decirnos que no?

¿Cuándo fue la última vez que preguntamos a quien siempre nos ayuda: “¿Y tú, qué necesitas?”.

Tal vez esta sea una de las preguntas más importantes de todo este recorrido, porque todos podemos haber ocupado alguna vez ambos lugares. Hemos dado y hemos recibido. Hemos esperado y hemos decepcionado. También hemos sido decepcionados.

Reconocerlo nos permite abandonar la cómoda división entre “los buenos” y “los ingratos” para comprender algo mucho más humano:

Las relaciones necesitan reciprocidad, pero también conciencia, gratitud, comunicación y límites.

CONCLUSIONES DESDE CAMINOS DEL BIENESTAR:

La bondad sigue siendo necesaria. También lo son la solidaridad, la familia, la amistad y esa capacidad profundamente humana de estar presentes cuando alguien nos necesita.

El problema nunca fue dar. El problema comienza cuando, de tanto dar, terminamos desapareciendo de nuestra propia vida.

Quizás por eso uno de los aprendizajes más difíciles sea precisamente este: aprender a dar sin dejar de vivir. Dar sin abandonarnos, ayudar sin convertirnos en un recurso permanentemente disponible y amar sin renunciar al derecho de poner límites.

No podemos obligar a nadie a agradecer nuestros sacrificios ni a correspondernos como nosotros lo haríamos. Pero sí podemos decidir cuánto estamos dispuestos a dar sin perdernos a nosotros mismos en el proceso.

Después de tantos años preguntándonos qué necesitan nuestros hijos, padres, familiares o amigos, puede llegar un momento legítimo para hacernos otra pregunta:

¿Y yo, qué necesito?

Preguntarlo no significa dejar de amar ni volvernos indiferentes. Significa reconocer que nosotros también formamos parte de las personas que merecen nuestro cuidado.

Pero, quizá haya una pregunta todavía más importante:

Después de todo lo que he dado, cuidado y postergado por los demás, ¿qué parte de mi propia vida sigo dejando para después?

Podemos amar profundamente, ayudar, cuidar y entregar voluntariamente una parte importante de nuestra existencia a quienes amamos. Pero entregar una parte no significa entregar el todo.

Al llegar a este final regresamos a aquella reflexión con la que comenzamos:

«Quien nos dio una parte de su vida no nos entregó el derecho sobre el resto de ella».

Quizás es posible ahora podamos añadir su otra mitad:

Haber dado una parte de nuestra vida a los demás tampoco significa haber perdido el derecho a vivir la que todavía nos queda.

Roberto Cura MS
Roberto Cura MS
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7 comentarios

  1. Estimado profesor, su artículo resulta muy interesante. He sido de esas personas que siempre estoy dando y coincido con lo que plantea , lo que uno hace se convierte después en obligación. Por ello considero importante pensar en uno. Gracias por sus buenos consejos.

    • Muchas gracias, Mary. Cuando damos siempre con amor, los demás pueden llegar a verlo como una obligación nuestra. Pensar también en nosotros y establecer límites no es egoísmo, sino una forma necesaria de cuidarnos. Un abrazo.

    • Muchas gracias por sus palabras. A veces, cuando damos constantemente, los demás pueden llegar a verlo como una obligación. Pensar también en nosotros no es egoísmo, sino una forma necesaria de cuidarnos.

  2. Està tan bien escrito y tan escrupulosamente detallado no que deja lugar a dudas.
    Recuerdo que cuando un ser muy querido emigró con el ansia de prosperar y poder darle a su hija todo lo que no había podido darle en su país, lo alerté por el peligro de dejar de ser “papá” para convertirse en “proveedor”, era inevitable.
    También llegamos a convertirnos en proveedores de todo tipo:- materiales, espirituales, sentimentales… y lo peor es que el sufrimiento llega por la falta de reciprocidad, si lográramos librarnos de ese esperar de los demás al menos un tercio de lo que damos nuestras decepciones menguarían sustancialmente y por consiguiente nuestras penas.
    Hay solo una arista que creo que no vi, es que, además de que ya esperan todo por costumbre y Ya obligación, como si fuera un deber, nos llegan a considerar tan fuertes, tan capaces, tan poderosos que entienden que no necesitamos de nadie. Y así lo dicen, me pasa todo el tiempo:-¡Es que tú eres tan fuerte, tan decidida, lo resuelves todo tan fácil!- No les damos tiempo a asumir que también somos vulnerables, que tenemos debilidades y carencias espirituales que se esconden detrás de toda es aparente “fuerza” que nos da ponernos siempre en el último lugar de nuestra propia escala de valores personales.
    Agradezco muchísimo que hayas escrito de un tema que nos hace tan vulnerables de la forma tan diáfana y llama que lo hiciste.

    • Muchas gracias, Alina, por compartir una reflexión tan profunda y enriquecedora. Has señalado una arista muy importante: cuando acostumbramos a los demás a vernos siempre fuertes, disponibles y capaces de resolverlo todo, pueden olvidar que también somos vulnerables y necesitamos apoyo, afecto y comprensión. Como bien expresas, dejar de ocupar siempre el último lugar en nuestra propia vida no es egoísmo, sino una forma necesaria de cuidarnos. Tu comentario complementa y amplía maravillosamente el sentido del artículo. Un fuerte abrazo.

  3. El dar demasiado a los demás te saca de ti, de tu atención propia, y te pone en función de otros. Desde luego, ellos tal vez piensen que eso va en su libreto, y tú tenías en el tuyo entregar. Esa diferencia es dura, porque la bondad, cuando no se cuida, se corrompe y se convierte en herida.El artículo se agradece, está súper y abarcador. Habla tanto a los bondadosos como a los que restringen su bondad. Nos muestra que los desagradecidos no la ven como tal, y que el darse cuenta de eso es difícil, porque casi siempre el gesto lo devuelven aquellos por los que no has hecho nada. Ese misterio parece un equilibrio natural, un orden secreto de la vida.El texto atraviesa corazones y uno puede encontrarse allí, en uno de sus rincones más íntimos. Tardamos a veces, pero nos damos cuenta. Y todo no queda en ese despertarsi así fuera sería sencillo. Luego llega un cansancio emocional, tan devastador como el de percatarse de que fue tu responsabilidad no cuidarte y ofrecer a quienes no saben devolver.Así se revela la profecía de la bondad: un anuncio que dice que dar sin medida es perder el centro, que el libreto de la vida te recuerda que tu entrega debe incluir también el cuidado de ti mismo.
    Gracias Robe, cariños,tema interesante

    • Gracias por una reflexión tan profunda y sensible. Has señalado algo esencial: cuando la entrega nos aleja de nosotros mismos, la bondad puede dejar de ser una fuente de bienestar y convertirse, silenciosamente, en herida. También comparto esa aparente paradoja que mencionas: muchas veces la reciprocidad no llega de quienes más recibieron, sino de personas de las que nunca esperamos nada. Quizás sea, como dices, una especie de equilibrio secreto de la vida. Sin embargo, cuando finalmente despertamos, no deberíamos convertir ese descubrimiento en una nueva forma de castigarnos. Reconocer que no supimos cuidarnos no significa culpabilizarnos, sino comprender que también nosotros merecíamos una parte del amor, el tiempo y la atención que entregábamos. La verdadera lección tal vez sea no dejar de ser bondadosos, sino aprender a incluirnos dentro de nuestra propia bondad. Gracias por enriquecer el artículo con una mirada tan humana y certera. Un abrazo y mis cariños.

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