¿Crees que estás educando bien a tu hijo?

LOS LÍMITES, LA FRUSTRACIÓN Y EL DIFÍCIL APRENDIZAJE DE QUE NO SIEMPRE PODEMOS TENER LO QUE QUEREMOS

«Amor, límites y el difícil aprendizaje de que no siempre podemos tener lo que queremos»

Roberto Cura, MS

Queremos que nuestros hijos sean felices. Queremos evitarles sufrimientos, ofrecerles oportunidades y, muchas veces, darles aquello que nosotros mismos no pudimos tener. Pero ¿puede ese deseo de darles lo mejor terminar privándolos, sin proponérnoslo, de algunos aprendizajes necesarios para enfrentar la vida?

Hace algún tiempo atendí a Raucel, un adolescente que había crecido en un ambiente de abundancia, donde pedir y recibir estaban estrechamente relacionados. Las cosas llegaban con facilidad y el «no» aparecía pocas veces. Cuando la situación económica de su familia cambió abruptamente, él no estaba preparado para aceptar una realidad diferente.

Pocos días antes de Navidad, la posibilidad de no recibir los costosos regalos que había pedido desencadenó una fuerte discusión con su madre. En medio de ella pronunció una frase que resumía mucho más que el deseo de recibir determinados objetos:

“Yo lo que quiero es un regalo decente”.

Su historia plantea una cuestión que trasciende aquella Navidad: ¿qué ocurre cuando, intentando darles todo a nuestros hijos, terminamos evitando también algunas experiencias necesarias para aprender a vivir?

Dar, complacer y procurar bienestar a los hijos no constituyen problemas por sí mismos. Tampoco lo es querer proporcionarles aquello que quizás nosotros no tuvimos. La dificultad puede comenzar cuando satisfacer sus deseos se convierte en una respuesta habitual y apenas encuentran oportunidades para experimentar la espera, el esfuerzo, la frustración o, sencillamente, un «no».

Cuando las cosas llegan sistemáticamente sin esfuerzo, puede resultar más difícil comprender su valor. Cuando los deseos son satisfechos inmediatamente, esperar se vuelve complicado. Y cuando los límites han estado ausentes durante mucho tiempo, su aparición puede ser interpretada como castigo, rechazo o injusticia.

APRENDER A TOLERAR LA FRUSTRACIÓN

La frustración forma parte inevitable de la vida. No siempre obtenemos lo que queremos, las personas no necesariamente responden como esperamos y existen deseos que tienen que esperar o, sencillamente, no pueden realizarse.

Esto no significa que debamos provocar frustraciones innecesarias para «fortalecer» a nuestros hijos. No se trata de hacerlos sufrir para enseñarles a vivir. Se trata de no eliminar sistemáticamente aquellas pequeñas frustraciones que aparecen naturalmente durante el desarrollo y que, acompañadas adecuadamente, pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje.

Aceptar un “no” no significa resignarse ante la vida. Significa comenzar a reconocer que existen límites, circunstancias y necesidades diferentes a las propias. Aprender a esperar, buscar alternativas y continuar adelante cuando algo no resulta como deseamos contribuye al desarrollo de recursos emocionales que serán necesarios mucho después de la infancia.

En Raucel, la pérdida repentina del estilo de vida al que estaba acostumbrado puso en evidencia precisamente esa dificultad. Frente a la adversidad aparecieron inicialmente la rabia y la resistencia. Parte del reto terapéutico consistió en ayudarlo a expresar de manera diferente sus emociones, reconocer las circunstancias de su familia y desarrollar formas más adecuadas de enfrentar aquello que no podía controlar.

PONER LÍMITES TAMBIÉN ES EDUCAR

Los límites no deberían entenderse simplemente como prohibiciones. Cuando son claros, razonables y consistentes, ayudan a organizar la conducta y enseñan algo fundamental: nuestros deseos existen, pero conviven con las necesidades, posibilidades y derechos de otras personas.

En el proceso de Raucel, trabajar solamente con él no era suficiente. Su madre también necesitaba desarrollar nuevas estrategias de crianza y aprender a establecer límites con mayor claridad, evitando que la culpa, el agotamiento o el deseo de compensar las dificultades familiares terminaran debilitándolos.

Aquí aparece uno de los equilibrios más difíciles de la crianza:

Un límite sin afecto puede sentirse como imposición; afecto sin límites puede convertirse en permisividad.

Educar supone encontrar un espacio entre ambos.

No se trata de negar por sistema, privar innecesariamente ni convertir cada deseo en una prueba de sacrificio. Tampoco de pensar que todo lo material es negativo. Se trata de enseñar gradualmente que obtener algo puede requerir espera, esfuerzo y responsabilidad, y que nuestro valor personal no depende de aquello que poseemos.

MÁS ALLÁ DE LO MATERIAL

Una parte importante del proceso terapéutico con Raucel consistió en desvincular su autoestima del consumo y ayudarlo a desarrollar mayor empatía y resiliencia. Necesitaba comenzar a mirar más allá de sus propias demandas y reconocer también el esfuerzo y las dificultades de quienes lo rodeaban.

Ese aprendizaje fue progresivo. Hubo que reconstruir su noción de merecimiento y ayudarlo a comprender que el verdadero valor de lo que recibimos no siempre está determinado por su precio, su marca o su capacidad para distinguirnos de los demás.

Con el tiempo se produjeron avances. Raucel comenzó a comprender mejor las circunstancias de su familia, a manejar de otra manera algunos de sus deseos y a encontrar satisfacción más allá de la opulencia que había caracterizado sus primeros años.

Su historia nos recuerda que darles mucho a nuestros hijos no necesariamente significa prepararlos mejor para la vida. Quizás algunos de los regalos más importantes que podemos ofrecerles no pueden comprarse: enseñarles a esperar, esforzarse, agradecer, aceptar límites y descubrir que también se puede continuar adelante cuando la respuesta es «no».

Porque educar no consiste solamente en preparar a nuestros hijos para conseguir aquello que desean.

También consiste en prepararlos para cuando no puedan conseguirlo.

Roberto Cura, MS

Nota de privacidad: Los nombres y algunos detalles de esta historia han sido modificados para proteger la identidad y privacidad de las personas involucradas.

Roberto Cura MS
Roberto Cura MS
Artículos: 85

8 comentarios

  1. Aveces darle todo a los hijos y pensar que en un momento de nuestra niñez tuvimos carencias en ocasiones no los enseña a que sean mejor persona ,debemos dar a medida de nuestras posibilidades como padres , siempre dejándole saber que todo es con mucho sacrificio y deben cuidarlo no es mejor padre el que solo con regalos le da una buena educación a sus hijos , si el que les enseña el amor respeto y cariño a la familia , porque después surge el problema cuando no puedas complacerlo ,la crianza de los hijos implica muchas cosas que aveces cuando nos excedemos y no les enseñamos el valor de cada sacrificio con que desde que nacen hacemos por ellos seran mejores personas

    • Gracias, Gladys, por compartir tu reflexión. Has señalado algo muy importante: muchas veces, intentando evitar que nuestros hijos experimenten las carencias que nosotros vivimos, terminamos ofreciéndoles más de lo que realmente necesitan. Y ahí surge una pregunta que merece nuestra atención: ¿estamos respondiendo a las necesidades de nuestros hijos o intentando compensar las nuestras? Educar también significa enseñarles que no siempre podemos tener lo que deseamos, que las cosas tienen un valor y que el amor de los padres no se mide por cuánto pueden darles materialmente. Como bien señalas, el cariño, el respeto y los valores que transmitimos son fundamentales. Quizás uno de los mayores desafíos de la crianza sea encontrar ese equilibrio entre darles lo mejor que podemos y prepararlos para una vida en la que no siempre tendrán todo lo que desean. Gracias por enriquecer esta conversación con tu punto de vista.

      • Gracias a usted profesor sus publicaciones son importantes y ojalá muchas personas las pudieran compartir y también reflexionar ..lo felicito saludos

        • Muchas gracias, Gladys, por tus palabras y buenos deseos. Me alegra saber que estas reflexiones resultan útiles. Compartirlas nos ayuda a llegar a más personas y, sobre todo, a abrir espacios para pensar y aprender juntos. Un abrazo.

  2. Muy buen trabajo del psicologo y psicoterapeuta .Niño que lo han educado creyendo que todo se lo merece haciéndole daño a su psiquis y por ende al su personalidad

    • Muchas gracias por tus palabras. Educar también es enseñar que no todo se puede tener. Aprender a aceptar límites y tolerar frustraciones es fundamental para desarrollar una personalidad equilibrada.

  3. Raucel fue un hijo privilegiado, con recursos y acompañamiento, pero ¿qué pasa con los miles de padres que dieron lo que tenían —vida, alimento, espacio en la tierra— y que luego son juzgados por hijos adultos que señalan carencias como traumas?
    Esos padres que han enseñado a sonreír a caminar a hablar,a todo.
    En síntesis los que regalaron vida.
    Privilegio de Raucel → tuvo recursos y terapia, pero aún así necesitaba aprender el “no”.
    t.Padres sin privilegios → dieron lo que tenían, sin manual ni acompañamiento, y luego son juzgados por hijos adultos. Juicio tardío → después de 30 años, los hijos buscan defectos y devuelven el trauma a quienes los criaron.
    Carreras universitarias → los hijos alcanzan logros, pero olvidan quién los motivó y entregó vida en el camino.
    Condena social → madres y padres quedan señalados, incluso privados de ver a sus nietos, como si fuera un castigo.
    Trauma heredado → los hijos traumatizados terminan traumatizando a sus padres y a la siguiente generación.
    ⚖️ La paradoja La sociedad protege al hijo, pero pocas veces ampara al padre. Se habla de bullying,trauma, de derechos infantiles, pero casi nunca de la dignidad de los padres que dieron lo que tenían. El resultado es un círculo de dolor: hijos que señalan, padres que cargan culpas, nietos que repiten la herida.
    Como se podrá buscar equilibrio ese tan necesario.
    Somos una sociedad trauma .

    • Rosal, planteas una reflexión muy interesante. No podemos juzgar la crianza de ayer únicamente con los conocimientos de hoy. Muchos padres hicieron lo mejor que pudieron con los recursos y las circunstancias que tenían. Reconocer las heridas de los hijos no debería significar desconocer los sacrificios de sus padres. Quizás el equilibrio esté precisamente ahí: comprender sin condenar, reconocer los errores sin negar el amor y evitar que el dolor de unos se convierta en el sufrimiento de otros. Gracias por enriquecer este diálogo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *