«Yo quiero un regalo decente»

UNA NAVIDAD, UNA CARTA A SANTA CLAUS Y UNA LECCIÓN SOBRE LO QUE CREEMOS MERECER

Autor: Roberto Cura, MS

“No todo lo que deseamos significa que lo merecemos.”

Faltaban pocos días para Navidad cuando una carta a Santa Claus terminó desatando una crisis familiar. No era una carta cualquiera. En aquella lista de regalos se escondía, sin que su autor pudiera advertirlo, una manera de entender el deseo, el valor de las cosas y, sobre todo, lo que creía merecer.

Era diciembre de 2003. Raucel Santos, un adolescente de 14 años a quien atendía profesionalmente, esperaba mi visita para la sesión acostumbrada. Cuando llegué a su casa, sin embargo, encontré algo muy diferente. Raucel y su madre discutían acaloradamente. Entre gritos, reproches y amenazas, podía percibirse que el conflicto venía acumulándose desde mucho antes. En el centro de la disputa estaba aquella carta a Santa Claus.

Raucel había escrito su lista: un reloj costoso, el último modelo de PlayStation, unas zapatillas de diseñador y otros artículos similares. Para él, sus peticiones parecían completamente normales; para su madre, eran sencillamente imposibles.

Durante buena parte de su infancia, Raucel había crecido rodeado de abundancia. Ropa y calzado costosos, juguetes electrónicos y otros objetos llegaban a sus manos con facilidad. Una frase resumía bastante bien aquellos años: «Raucel pedía y tenía«. Pero la situación familiar había cambiado abruptamente. Los problemas del padre con la justicia, su posterior encarcelamiento y el embargo de los recursos familiares habían dejado a la madre, desempleada y con otra niña pequeña a su cargo, frente a una realidad económica completamente diferente.

Raucel, sin embargo, no había cambiado al mismo ritmo que sus circunstancias. Continuaba esperando el estilo de vida anterior y tenía grandes dificultades para aceptar los nuevos límites. A ello se sumaban un pobre rendimiento escolar, conflictos con sus compañeros y comportamientos disruptivos tanto en la escuela como en el hogar.

Su madre estaba agotada. Trataba de explicarle una realidad que ella misma estaba aprendiendo a enfrentar y, al mismo tiempo, soportaba la frustración de no poder ofrecerle aquello que antes parecía cotidiano. Aquella Navidad terminó convirtiéndose en el escenario donde muchas de esas tensiones acumuladas salieron finalmente a la superficie.

Mientras escuchaba la discusión, intenté disminuir la intensidad del enfrentamiento y llevar a Raucel hacia una reflexión. Su madre volvió a explicarle que sencillamente no tenía dinero para comprar todo aquello. También le recordó que su comportamiento durante los últimos meses tampoco justificaba muchas de sus exigencias. Finalmente, agotada, llegó a decirle que quizás aquel año no recibiría ningún regalo.

Raucel protestó. Lloró. Insistió.

Poco a poco, sin embargo, comenzó a escuchar.

En determinado momento, entre sollozos y suspiros, pareció ceder:

~~Yo creo que yo me merezco algo.

Aquella frase abrió una pequeña puerta. Intenté aprovecharla hablándole de sus cualidades, de las conductas que podía cambiar y, sobre todo, del esfuerzo que estaba realizando su madre en circunstancias muy difíciles.

Raucel escuchó. Durante unos segundos pensé que comenzaba a comprender.

Entonces me miró y respondió:

~~ Sí, Roberto, yo sé… «pero ella me va a regalar solo una bobería… y yo lo que quiero es un regalo decente».

La expresión me llamó inmediatamente la atención.

~~ ¿Y qué es para ti un regalo decente? —le pregunté.

No necesitó pensarlo demasiado:

~~ Lo poco que escribí en mi carta a Santa.

Han pasado muchos años desde aquella conversación y todavía recuerdo su respuesta. Para Raucel, un «regalo decente» tenía un precio, una marca y determinadas características; «lo sencillo» podía convertirse fácilmente en una «bobería».

Pero el verdadero problema no estaba en querer una consola, un reloj o unas zapatillas. Desear no era el problema. Aquella mañana comenzaba a quedar al descubierto una forma de interpretar el merecimiento construida durante años: Raucel había aprendido que pedir y recibir estaban casi naturalmente unidos. Cuando esa relación se rompió, aparecieron la frustración, la rabia y la dificultad para aceptar un «no».

Uno de los grandes retos del proceso terapéutico fue ayudarlo a comprender que desear algo, poder tenerlo y tener derecho a recibirlo son realidades diferentes. Aceptar límites no significaba valer menos, ni el valor de las cosas dependía únicamente de su precio. Había que comenzar a reconstruir, poco a poco, su propia «noción de merecimiento».

El proceso requirió tiempo. Raucel tuvo que aprender nuevas maneras de manejar la frustración y valorar lo que recibía, mientras su madre aprendía a establecer límites más claros y consistentes. Gradualmente comenzaron a producirse cambios y él pudo comprender mejor las dificultades que atravesaba su familia.

Han pasado muchos años. De aquella Navidad no recuerdo qué regalos recibió finalmente Raucel. Tampoco recuerdo el reloj, las zapatillas o el modelo exacto de aquella consola que tanto deseaba.

Pero sí recuerdo sus palabras:

«Yo lo que quiero es un regalo decente.«

Tal vez porque aquella frase, pronunciada por un adolescente en medio de una discusión navideña, terminó planteando una pregunta mucho mayor que cualquier regalo:

¿Quién nos enseña qué significa realmente merecer?

Roberto Cura, MS

Nota de privacidad: Los nombres y algunos detalles de esta historia han sido modificados para proteger la identidad y privacidad de las personas involucradas.

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Roberto Cura MS
Roberto Cura MS
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2 comentarios

  1. Estimado Roberto,
    Gracias por sus artículos. Para mí son esas cotidianidades donde una puede hallar un reflejo, como un selfie reenviado a la corteza frontal, para que allí se decodifique y se transforme en pensamiento vivo.Busco la mejor versión en mí, la que me llegue para responder su artículo, como una ropa en su talla real: ni disfraz ni exceso, sino palabra justa que me vista. Y con sus escritos voy buscando también mis desviaciones en ambos roles: el dar y el recibir, como si cada lectura me devolviera un espejo doble.Usted muestra un caso en el que la suerte quiso que una madre viera a su hijo acompañado por un terapeuta. Ese gesto no solo salvó a una familia, sino también a tantas personas con las que posteriormente interactuó Raucel. Lo que parecía un conflicto doméstico se convirtió en semillade conciencia compartida.
    Merecer, para mí, trae aparejado un deseo que puede ser satisfecho o no, dependiendo de la dinámica entre pedir y entrega. Es decir: yo pido, y el dador decide si puede o no. En ese gesto, las respuestas pueden satisfacer al detalle, medianamente, o simplemente no satisfacer.
    Creo que el límite es el maestro: el dador puede dar brillo a esa solicitud —brillo que ilumina a ambos— o puede quedarse sin energías en su entrega, y entonces la complacencia se vuelve tan normal que ya no se valora, mientras el que desea se siente en el puesto más alto. Ambos son válidos —el sí y el no— si se entregan en correspondencia con las circunstancias del dador.
    Pido por todos los que damos de más, los que hemos abrazado la filosofía del sí y lo hacemos con amor y sin esperar nada. Puede que para siempre estemos obligados por simplemente no poner un límite o no decir no, y a su vez no educar, no estimular y quedar en deuda. Es duro decirlo: entregar y ofrecer tan normal que las personas con quienes interactuamos se sienten en derecho, a veces sin respetarnos. Creo que confunden la bondad, y nosotros no ajustamos ahí con claridad.Y así respondo su pregunta: sin respeto y sin gratitud en cada uno —el que pide y el que da— todo queda desajustado. Y obliga a volverse al centro de cada cual.En fin, todo se resume en la raíz del merecimiento: SI o NO.Gracias, Roberto. Este artículo, para mi gusto, está menos extenso y más voncentrado
    Lo prefiero como lectura breve y espejo para mirarse en una dimensión que no significa que no implique más, pero deja la pregunta en el aire.
    Gracias nuevamente.
    “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” (Mateo 5:7, 5:9)

    • Rosal: Muchas gracias por una reflexión tan profunda y, sobre todo, tan personal. Me parece muy valiosa esa imagen del “espejo doble” que utiliza para hablar del dar y del recibir, porque justamente ambos necesitan ser mirados. No solo importa cuánto damos o cuánto esperamos recibir, sino desde qué lugar lo hacemos y qué ocurre cuando ese intercambio pierde su equilibrio. Coincido especialmente con usted en el papel del límite. Decir “sí” puede ser un acto de amor y generosidad, pero decir “no”, cuando las circunstancias lo requieren, también puede ser una forma de cuidar, educar y respetarnos. Cuando damos constantemente sin establecer límites, existe el riesgo de que aquello que nació como un gesto de amor termine convirtiéndose en obligación para quien da y en derecho adquirido para quien recibe. Y entonces pueden comenzar a debilitarse precisamente dos valores que usted señala muy bien: el respeto y la gratitud. También agradezco mucho su comentario sobre la extensión del artículo. Que una lectura relativamente breve pueda dejar una pregunta abierta y provocar que alguien se mire a sí mismo es, para mí, especialmente importante. Ese es uno de los propósitos de Caminos del Bienestar: hablar de esas situaciones aparentemente sencillas de la vida cotidiana que, cuando las observamos con un poco más de atención, pueden ayudarnos a comprender nuestras emociones, nuestras relaciones y también nuestras propias decisiones. No siempre necesitamos encontrar una respuesta inmediata; a veces comenzar a hacernos la pregunta correcta ya es una forma de ayudarnos. Gracias, Rosal, por no limitarse a leer, sino por convertir la lectura en reflexión y compartirla con todos nosotros.

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